martes, 4 de agosto de 2026




 

FÚTBOL ES FÚTBOL

 

Ni que decir tiene que el deporte nacional es el fútbol, incluso solemos decir que el fútbol mueve pasiones; tanto es así que el país puede quedar paralizado, parcial o totalmente, ante cualquier partido decisivo que enfrente a nuestros equipos punteros en campeonatos internacionales o a éstos, entre sí, en las distintas competiciones nacionales. No digamos si en las finales, de alto nivel, se encuentra inmersa nuestra selección nacional, popularmente conocida como “La Roja”, tanto en versión masculina como femenina como ha ocurrido, recientemente, con la consecución del campeonato mundial por parte de nuestra selección nacional femenina y hace unos días, la masculina.

¡Cómo olvidar el gol de Iniesta o el de Olga, o el de Ferrán Torres!

Esta pasión, deportivo-social se ha desatado este mismo año, hace apenas un par de meses, en nuestro pueblo. El C.D. Jabalquinto, un equipo modesto ha hecho historia con ganas e ilusión al ascender, brillantemente, a la Primera Andaluza. La masa social, junto a su presidente, Isidro Sánchez Martínez, se sumó a la fiesta en la pasada tarde noche del día ocho de mayo para festejar este momento histórico para nuestro equipo y para nuestro pueblo. Un grupo de chavales, bien organizado, nos ha robado el corazón, andando y andando las principales calles de la localidad sobre el camión de “Los Cuevas”, entre el entusiasmo desbordado de la población.

Rastreando nuestra historia descubrimos que fueron los trabajadores británicos venidos hasta nuestra tierra andaluza, a finales del siglo XIX, los que trajeron un balón bajo el brazo echándolo a rodar sobre ella para divertirse y ocupar su tiempo de ocio al salir de sus entrañas.

En Rio tinto (Huelva), El Centenillo, Linares y La Carolina (Jaén), se dibujaban con yeso las primeras ilustraciones del libro del fútbol nacional.

El primer club inscrito fue el “Club de Recreo de Huelva”, cuya fundación data de 1889.

Hasta el año 1890 no se celebró el primer encuentro oficial entre el conocido como “Decano” y el Sevilla.

A partir del siglo XX los clubes de fútbol comenzaron a expandirse por todo el país, algunos con la distinción de “Real”, por fundarse en tiempos de la Restauración Nacional.

La primera competición conocida fue “La Copa Macaya” creada el 6 de enero de 1891 y celebrada entre 1900 y 1904 en Cataluña.

Sería en 1902 cuando se llevó a cabo la primera competición nacional, conocida como “Copa de la Coronación”, hoy “Copa del Rey”.

En el año 1886, la explotación “Centenillo Silver Lead Company Limited” se instala en el lugar para extraer los ricos minerales de sus profundidades, al igual que en La Carolina y Linares. Aún existen, en El Centenillo, el primer campo de fútbol y cancha de tenis que los mineros construyeron con sus propias manos.

De esta forma, el fútbol, el tenis o el billar se introdujeron en una sociedad deprimida por culpa del analfabetismo y la ausencia del deporte y el ocio.

Así, el entusiasmo por el deporte rey se extiende como la pólvora por nuestra geografía jiennense, andaluza y española.

En nuestro propio pueblo, grupos de jóvenes, practicaban el fútbol en las primeras décadas del siglo XX.

Los niños, como buenos imitadores, se organizaban entorno a las añoradas “eras”, donde otrora, los agricultores, en su tiempo sacaban el grano con que sustentar la vida propia y la ajena.

“La de D. Jacinto”, “la empedrada”, “el bombo” y otras cuantas más se convertían, por entonces, en los grandes estadios donde mostrar las grandes virtudes futbolísticas.

“El Llano”, lugar amplio y diáfano, se postulaba como terreno oficial donde celebrar los encuentros locales entre los nuestros y los de los alrededores.

Samuel y Juanito Vargas, con su delicado olfato comercial, organizaban encuentros con el objetivo de abastecer de equipaciones y balones a aquellos nutridos grupos de futbolistas surgidos para la ocasión.

En la cuarta y quinta décadas del siglo XX convocaban a los jóvenes futbolistas a encuentros comarcales que, con el único trofeo de la honra de ganar o el clásico ramo de flores y beso a la guapa de la feria, participaban llenos de ilusión y amor a lo suyo.

La competición principal era, sin duda, la “Copa de Feria”, a cuya final acudía el pueblo en masa que, entusiasmado, animaba con fuerza y tesón a su equipo distribuyéndose a lo largo y ancho del perímetro del rectángulo de juego. Cada gol local suponía el anticipo de la traca final, de “el castillo” de fuegos artificiales anunciador del fin de las fiestas patronales.

En los primeros años de la década de los sesenta, D. Alberto Pagonabarraga Gaztelurrutia, cura párroco de la Encarnación, con el sano y santo propósito de atraer a la feligresía juvenil fundó el “Club de la Juventud”, desde el cual y a través de la imagen, los juegos y el deporte ejercía, con eficacia, su pastoral.

Organizaba partidos en los que se ganaba el derecho de asistencia abonando, previamente, la escasa cuantía de la entrada a modo de donativo. La recaudación servía para dotar al club de medios para el entretenimiento, balones y equipaciones deportivas.

Aún resuena, en los oídos de los más mayores, aquel famoso dicho que llevaron a la fama los asistentes a los encuentros, ante la pregunta de los que no pudieron asistir:

 -¿Cómo hemos “quedao”?

-“Tres a cero y Juanillo de portero”; que a la postre se convirtió en el grito de guerra del éxito, al ser Juan Jurado Martínez el portero del equipo local y no haber encajado ningún gol.

Asistí, de niño, de la mano de mi padre, a aquellos concurridos eventos deportivos, domingueros. El gentío me impedía observar con normalidad su desarrollo. Me colocaba sobre unos grandes basamentos, rectangulares y octogonales, que circundaban el terreno de juego y que, en su tiempo, sirvieron de trono a las diversas cruces de madera que delimitaban el camino del mismo nombre por el que transcurrían los santos viacrucis que se celebraban cada viernes de cuaresma.

Digno de recuerdo es el encuentro de fútbol celebrado en la antigua era de “el bombo”, entre “el yeso” y “la gasolina”, en junio de 1970. Como habrá deducido el lector los integrantes de ambos gloriosos equipos hicieron honor al nombre elegido para la famosa contienda deportiva. Los del yeso, jóvenes albañiles, más en forma como es natural, vencieron a los de la gasolina, expertos conductores, y el humor y los abrazos sobresalieron aquella magnífica tarde.

A partir de entonces se fueron sucediendo los equipos en nuestra localidad con más o menos entusiasmo y organización.

En la actualidad, como ya conocemos, el C.D. Jabalquinto luce su “Andar y andar”, en competición oficial por todos los rincones de la provincia acompañado, multitudinariamente, por la “marea naranja”, llenando los estadios de alegría, color e ilusión.

Que no falten nunca en nuestra sociedad el deporte y la cultura como grandes valores que la dinamiza y la engrandece.


lunes, 3 de agosto de 2026





LAS CUEVAS DE LAS HIGUERAS Y SUS MORADORES

Juan y Luisa quisieron perpetuar su amor y proyectar sus frutos en aquel lugar rodeado de sicómoros que darían sombra, fruto y cobijo a tantas horas de arañar la tierra de la ladera este del monte de Quantix. Allí, sólo allí escuchan la voz que les llama, insistentemente, a recibir el primer sol de la mañana que les ilumine y les guíe, mientras acogen el aire fresco, sustento de su aventura.

Juntos cuelgan sus miradas en el quebrado y mágico horizonte de Mágina. Aquí, sólo aquí dejarán crecer  sus raíces. A cada instante peinan la hierba de la futura entrada a su hogar. Dos metros de fondo, ya construidos, a golpe de escardillo y pico, y un par de pasos, por lado, definen el primer cuerpo de la estancia que se ampliará con la llegada de la prole. Una inmensa fachada, de verde natural, espera la llegada de nuevos constructores, que como ellos, decidan sembrar aquí la semilla de su amor.

Otrora, silencio, hoy risas y vida, componen la sinfonía de voces de niños y niñas jugando, de sol a luna, a rayuelas, farolas, pita, trompos y canicas. El paso del tiempo dibujó nuevas formas de vida. 

Mariano, el pocho, el pirri y el pajarillo, vuelan otros cielos. Juan cacharro, ya no vuelve con clavellina, paloma y lucera a la hora del ordeño. Ni siquiera, Alejito, se sienta en su vieja silla de enea para ver pasar, con retraso, el tren del coche pero sus duendes quedaron, para siempre, prendidos en el hilo de la historia y el sentimiento.

Sentarse, un rato, en alguno de sus bancos orientados hacia las vegas del Guadalimar y Guadalquivir, supone retroceder en el tiempo y revivir aquella infancia plena y ajena.

 

De las higueras son, de las higueras,

De las cuevas donde vive

La gente sencilla y buena,

Que mira a los ríos que  riegan

Sus más profundas esencias.

 

De las higueras son, de las higueras,

De las cuevas que reciben

El primer sol de mañana,

Que les calienta y les curte

La vieja piel, ya surcada.

 

De las higueras son, de las higueras,

De las cuevas que por ventura,

Entra el aire por la puerta

Y sale por la ventana.

 

De las higueras son, de las higueras,

De las de Alonso y Bastiana,

De las de Pepa y Manolo

De las de Rafael y Juana.

 

De las higueras son, de las higueras,

De las de José y Luisa,

De las de Juana y Cristóbal,

De las de Diego y su Blasa.

 

De las higueras, son de las higueras,

De las de Amalia y Joaquín,

De las de Isabel  y Alonso

De “Juan Cacharro” y su dama.

 

De las higueras, son de las higueras,

De las de ”el Hermano” y Carmen

De las de Mariano y María.

De las de “el Mergui” y su amada.

 

De las higueras, son de las higueras,

De las de Alejo y Dolores,

De las de Paqui y Alonso

Y mil moradores más,

Que nunca dejarán de amarlas.



 

domingo, 2 de agosto de 2026


 

DISCURSO PARA LA INAUGURACIÓN DE LA ERMITA DE LA CARRERA.

Autoridades civiles, religiosas, culturales, cofradías, coro y orquesta MUSICALMA, a los que me siento muy unido a través de miembros como Diego, Juan Antonio, Domingo, Inma Salcedo, mi querida compañera y amiga, y que habéis querido unir vuestras voces a este acto tan entrañable.

Señoras y señores. Queridos paisanos:

Puedo, debo y quiero comenzar esta exposición en este emblemático lugar desde el que se divisa entre norte, sur, este y oeste, nada más y nada menos que 22 pueblos de nuestra provincia de Jaén. Si la misma tiene 97 municipios, quiere decirse que desde este mirador natural jabalquinteño se controla visualmente el 22,66% de ellos. De ahí que a Jabalquinto se le haya conocido, históricamente como “lugar estratégico”.

Comencemos con unos breves datos históricos sobre nuestro pueblo para continuar con una mención especial a cada una de las ermitas que han existido en nuestro término rural y municipal, para dedicar el fin de mi exposición al principal motivo que hoy nos reúne aquí: La inauguración de nuestra querida Ermita, uno de los emblemas del pueblo.

 

DATOS HISTÓRICOS SOBRE JABALQUINTO

 

Día Sánchez de Viedma repuebla Estiviel en 1347.

 

Su hijo Men Rodríguez de Biedma, en 1368 recibe de su primo Juan Alfonso de Benavides “el mozo”, que muere sin descendencia, el patrimonio y se cambia el nombre por el de Men Rodríguez de Benavides.

En 1371, Enrique II le otorga el señorío de Santisteban por haberle ayudado en la guerra civil.

Día Sánchez de Benavides, en 1406, hace testamento entre sus tres hijos (Men, Gómez y Manuel), correspondiéndole a Manuel: Jabalquinto, Estiviel, Ventosilla, Espeluy y la Roda de Mengíbar.

 

Entre 1441 y 1446 se constituye el señorío de Jabalquinto.

 

En 1502, Juan de Benavides establece mayorazgo (institución del Antiguo régimen por el cual, el hijo mayor, varón, heredaba los derechos de sucesión). En este caso, su hijo, Manuel II. El mayorazgo incluía: Jabalquinto, Estiviel y Ventosilla.

 

Esta época es el momento álgido del señorío y en él se construyen los palacios de Jabalquinto, en Baeza, a finales del siglo XV y el Palacio de Jabalquinto en Jabalquinto, en el siglo XVI.

 

Esta situación de bonanza continuará hasta mediados del siglo XVII.

 

En 1617, Felipe III, concede el título de Marqués a Manuel de Benavides III, casado con Dña. Catalina de Rojas y Sandoval, sobrina de Don Baltasar Moscoso y Sandoval, obispo de Jaén.

 

A partir de 1653 el marquesado pasó a mano de los condes de Benavente que tenían un patrimonio disperso, dentro del cual, Jabalquinto quedó diluido. Así la villa quedó en manos de sus administradores, sumiéndose en una dejadez que ya no desaparecería.

 

Esta decadencia continuó tras 1834 cuando el marquesado pasó a pertenecer a los duques de Osuna, situación que duraría hasta 1881 en que el marquesado se extinguió.

 

Esta situación hizo que el palacio de Jabalquinto, en Jabalquinto, quedara en estado ruinoso y se demolió a principios del siglo XX, conservándose solo la fachada.

También quedaron abandonadas las ermitas que se encontraban repartidas por todo el término rural y municipal. Estas fueron desapareciendo también, poco a poco por culpa del abandono de las zonas rurales por sus pobladores, por el terremoto de Lisboa de 1755 y por los duros temporales que tuvieron lugar en el año 1800, quedando en pie la Ermita de la Carrera al ser acondicionada para vivienda en el siglo XX.

 

LAS ERMITAS

 

Cinco son las ermitas que podemos contabilizar en nuestro término y que fueron construidas entre los siglos XV y XVI, coincidiendo con el momento álgido del señorío.

 

Una ermita es un edificio religioso, pequeño, generalmente de planta rectangular, con una sola nave, sencillo y austero, dedicado a alguna advocación y con celebraciones intermitentes dentro de ella. Su fiesta principal se celebra el día de la advocación a la que está dedicada. Suelen tener un mayordomo que es nombrado por el obispo de la diócesis y que cuida de ella y la mantiene. Solían construirse en descampados, a veces con excusas de apariciones.

Las ermitas tenían un fundador que sostenía, con una donación, al capellán a cambio de una serie de misas, así ambos obtenían beneficio, el uno, material y el otro espiritual. En la “Memoria histórica sobre Jabalquinto, Reino de Jaén” de 1797, corregida en 1816, manuscrita por Mateo Francisco de Rivas y Soriano, con claro sentido pedagógico, se hace referencia a ellas.

Además, en un plano a mano alzada, dibujado por él mismo o por alguien de su confianza, son situadas en su ubicación, en la mayor parte, cuando no por una cruz si ya habían desaparecido.

 

Las de Jabalquinto fueron: San Sebastián, San Cristóbal, San Juan Bautista, San Bartolomé y la de la Carrera.

 

 

ERMITA DE SAN CRISTÓBAL

 

En la documentación del Sínodo de Toledo de 1311 se realiza un listado de las iglesias giennenses donde no aparecen las de Jabalquinto.

Sin embargo, en el de 1511 se aporta alguna información. Por tanto, se puede afirmar que esta ermita se construyó en algún momento, entre 1311 y 1511. En 1654 vuelve a ser mencionada, pero en 1797, en el plano de Mateo Francisco, en su lugar sólo aparece una cruz. Por tanto, se puede asegurar que desaparecería entre 1654 y 1797.

A mediados del siglo XIX, Pascual Madoz la emplaza como unas ruinas al oeste del pueblo. En el plano de Mateo Francisco de Rivas, de finales del mismo siglo, aparece una cruz, nombrada como “la cruz del cerrillo”. El lugar exacto sería entre la cooperativa de Ntro. Padre Jesús y el pequeño barrio de “El cerrillo”. Aún, los más mayores emplean la expresión “cruz del cerrillo” para nombrar a esta parte del pueblo.

Si además conocemos que san Cristóbal ha sido considerado siempre patrón de los caminantes, ahora también de los conductores, y a unos metros del lugar transcurre el “Camino de Linares”, entre Jabalquinto y Linares, todo parece clarificarse.

 

SAN JUAN BAUTISTA Y NTRA. SRA. DE LAS MERCEDES

 

Catalina de Rojas y Sandoval, en 1600, ordena en su testamento que se erija una ermita bajo la advocación de San Juan Bautista. La dotación se hace efectiva en 1606 por su esposo Manuel de Benavides III, primer marqués de Jabalquinto.

En 1637, Baltasar Moscoso y Sandoval, obispo de Jaén nombra mayordomo de la construcción a Diego de la Guardia.

En 1643 se erije a favor de los marqueses el patronato de la ermita ahora también bajo la advocación de Ntra. Sra. De la Encina. El documento la sitúa extramuros, sin concretar más.

Es muy posible que la fundación de la Ermita tuviese como objetivo trasladar la imagen de San Juan desde la parroquia, donde disponía de un altar.

A mediados del XVII, con la llegada de los Benavente, los bienes del marquesado se diluyen entre sus posesiones, quedando muy desatendidos.

En 1755 se nombra a Manuel Felipe Balvuena, nuevo capellán de la ermita, ahora conocida como “de las Mercedes”.

A partir de ahora habrá errores en la denominación de los nombres de la ermita, con lo que se evidencia la dejadez que sufre el marquesado de Jabalquinto bajo el poder de los Benavente.

Sería Mateo Francisco de Rivas y Soriano quien en 1797 haría una descripción más o menos útil del edificio incluyendo detalles importantes como la construcción de una media naranja para la imagen de Ntra. Sra. De las Mercedes y un camarín para trasladar la “Venerada y milagrosa efigie de Ntro. Padre Jesús Nazareno desde la parroquia”.

 

SAN SEBASTIAN

 

La más desconocida de todas. No sabemos el lugar de su ubicación pero sí sabemos de su existencia, ya en 1654.

En la Memoria histórica de Mateo Francisco de Riva, se nombra, simplemente, pero ya no estaba en uso.

 

IGLESIA/ERMITA DE SAN BARTOLOMÉ

 

En el año 1577, ya existía esta ermita en el poblado de Estiviel, conocido en la actualidad como cortijo de las Huelgas.

A mediados del siglo XVII aún mantenía alguna actividad de culto.

Jimena Jurado habla que tenía un prior y de cómo se repartían las rentas obtenidas de su función.

Para 1716 esta iglesia se encontraba ya en un estado deplorable, tanto que llegó hasta el lugar el visitador del obispado ordenando su inmediata reparación para que se pudieran seguir diciendo misas.

Tan solo veinte años más tarde, el obispo, Manuel Isidro de Orozco Manrique de Lara, mandó clausurar el edificio por el mal uso que hacían de él los pastores y las gentes del lugar, “pasando las noches más desapacibles en el interior del mismo con su ganado y practicando otras indecencias”. Ordenó, de igual modo, destruir una imagen, en piedra, de san Bartolomé y enterrarla en el lugar, y adosar una cruz de piedra en el muro más consistente del edificio “para que se supiera que aquel lugar era sagrado”.

 

 

ERMITA DE LA CARRERA

 

De todas las ermitas de nuestro suelo la única que queda en pie y ahora, como podemos observar, magníficamente restaurada, es la popularmente conocida como, simplemente, “La Ermita” o “La Ermita de la Carrera”.

Muy posiblemente, ahora la podamos contemplar porque sus anteriores dueños la habilitaron para vivienda, ya en el siglo XX. Su anterior y anacrónico tajado lo delata, al igual que los vanos abiertos en distintos lugares del edificio para dotarla de aire y luz.

Se trata de un edificio religioso del siglo XVII, situado en el recinto del castillo medieval a espaldas del, también recientemente restaurado, Palacio de los marqueses del Jabalquinto y que ahora sirve de ayuntamiento.

Como la mayoría de ermitas contemporáneas, muestra un claro estilo conventual, de planta rectangular, tejado a cuatro aguas y coronado con una espadaña, de un solo vano, en el que se aloja un campanillo, con sobrenombre de “Andar y andar y Jabalquinto a la par” que anuncia ahora, con su tañer, la hora en que vivimos, en otro tiempo la oración o celebración.

Su sobria fachada contiene dos puertas, ambas enmarcadas con sendos arcos de medio punto. La mayor, la de los fieles y la pequeña, la del clero conectan lo mundano con lo religioso. Sobre ellas una pequeña cornisa recorre el liso entablamento en el que destacan tres grandes piezas de sillar, resaltadas, que parecen sostener un óculo, ahora cegado y decorado con reloj de forja y que otrora dotaría de luz natural el interior.

Una sencilla espadaña, de un solo vano y coronada de cruz forjada, rematan este bello conjunto.

Siempre ha habido confusión, en cuanto a su advocación, debido, principalmente a la asociación, generacional y popular con la ermita de las Mercedes, con datos del APJ sobre su cerca levantada en 1820 con piedras procedentes del derruido castillo y con publicaciones como la del profesor e historiados Ruiz Calvente, y la del seminario permanente Aproximación a la realidad socioescolar en Jabalquinto, que como fruto vio la luz la publicación “Jabalquinto una pausa en la historia”, ambas de inicios de los noventa.

 

Los jabalquinteños y jabalquinteñas, estamos de enhorabuena, porque a partir de hoy podremos disfrutar de nuestra ermita, de otra manera.

Disfrutémosla, pero también cuidémosla para que puedan seguir haciéndolo los hijos de nuestros hijos y sus hijos.

 

Gracias a todos los ciudadanos, gracias al Ayuntamiento que lo ha hecho posible y en nombre de él a D. Pedro López Lérida como alcalde presidente.

 

Y ahora a seguir disfrutando de este histórico momento.

 

GRACIAS.

jueves, 17 de abril de 2025

CRISTO DE LA HUMILDAD

  De las cofradías y grupos parroquiales existentes en la Parroquia de la Encarnación de Jabalquinto (Jaén), es la del Santísimo Cristo de la Humildad, una de las que gozan del mayor fervor y devoción de los feligreses.

Desconocemos el origen histórico de la cofradía, pero conocemos por boca de nuestros ancestros, las características artísticas de la anterior imagen desde, al menos, los inicios del siglo anterior y que ahora pasamos a describir: Efigie tallada en madera, de pelo natural; las manos, amarradas a una columna, con cordones de oro fino rematados con borlas del mismo oro, por lo que popularmente era conocido como “El Amarrado”.

De autor desconocido, el busto, de extraordinario mérito, coronado de espinas y adornado de tres potencias, símbolo de omnipotencia y atributo de divinidad, transmitía pena y dolor a quienes le acompañaban en procesión.

El tercio inferior de su anatomía se vestía de terciopelo morado, prendido a la cintura y adornado con elegantes bordados de oro.

La talla, desaparecida en 1936, fue sustituida por la actual en el año 1954.

 Algunos jóvenes del pueblo constituidos en grupo teatral, llevaron a escena, distintas obras, en el recinto del Colegio Público de “La Carrera”. Con el beneficio de su arte y el donativo de algunos fieles, viajaron hasta Madrid, acompañados de D. Francisco Álvarez Martínez, cura párroco, recientemente fallecido, para adquirir la actual imagen en una casa de imaginería religiosa de la calle “La Cruz”, por la cantidad de 12.000 pesetas.

El antiguo gallardete, que encabezaba el desfile procesional, exhibía la expresión: “Padeció bajo el poder de Poncio Pilato”.

Iniciada la década de los sesenta y como consecuencia de su deterioro, se sustituyó por el actual que así describimos: En tela blanca, sobre fondo de terciopelo rojo, un busto de Jesucristo coronado de espinas, en el anverso. En el reverso, bordada en oro, la siguiente inscripción: “Amarrado a la columna”. En su centro, el anagrama de Cristo y a sus pies, la fecha de su adquisición: siete de marzo de mil novecientos sesenta y seis.

El traje estatutario de la cofradía se compone de túnica blanca, cerrada de botonera y ajustada por banda carmesí; capa y capirote del mismo color. Por escudo o emblema, un óvalo que incluye bordados de una columna con el cristograma “J.H.S.” (Iesus Hominum Salvatus), prisionera de corona de espinas,  sustentada por cuatro golondrinas. 

 

miércoles, 16 de abril de 2025


 

HOY ES MIÉRCOLES SANTO

En el artículo sobre “Asuntos Religiosos” que el historiador local, Mateo Francisco de Rivas y Soriano trata en su “Memoria Histórica sobre Jabalquinto, Reino de Jaén”, podemos leer que la Cofradía de la Veracruz fue reformada en 1.777 y que “Tiene la misma, jubileo el día de la Exaltación de la Santa Cruz, en que se hace función magnífica, con comunión general, procesión y festejos”.

En dos ocasiones, por tanto, la Veracruz, efigie de Cristo Crucificado, recorría las calles del núcleo urbano en procesión; el primer día, el Jueves Santo y el segundo, cada 14 de septiembre. Así venía ocurriendo, al menos desde 1.777, con algún paréntesis histórico ocasionado por diversos motivos.

Desde 1.939, y hasta la donación en 1942, de una nueva imagen hecha a la parroquia por el matrimonio de D. Sebastián Arboledas Soriano y Dña. Ana Cabrera Martínez, se celebraría la procesión únicamente con la cruz.

La nueva imagen fue encargada en Valencia y sólo conocemos de boca de los familiares del matrimonio, que viven en la actualidad, que su autor era un excelente artista y que se entregaba a sus obras con sabiduría y maestría, sin levantar su cabeza de ellas. En otro momento profundizaremos en ello.

A finales de los años cincuenta o inicio de los sesenta, dejó de procesionar, la bellísima imagen por las calles del pueblo, coincidiendo con la llegada de otra nueva, venerada hoy con el nombre de “Santo Sepulcro” y conocida por todos como “Santo Entierro” y que lo hace el Viernes Santo, de la cual trataremos próximamente.

Entre 1975 y 1981, la Parroquia de la Encarnación, de nuestra localidad estuvo servida por D. Francisco Ortega Pulido, misionero y jesuita, de avanzada edad pero dedicado a ella en plenitud. En su tiempo, entre otros logros, y rodeado de un nutrido grupo de jóvenes, organizó un multitudinario viacrucis que recorría en silencio, cada Martes Santo, con la única luz que aportaban las velas, las distintas calles de la localidad. El solitario madero que antaño acogiera el cuerpo de Jesucristo crucificado sería portado a hombros de la juventud mientras que la imagen presidía el Altar.

En 1981 es nombrado párroco D. Francisco de Paula Agüera Zamora, quien se entregó mucho y bien a la pastoral de la juventud. Fruto de su celo y dedicación surgió un grupo del que nace la idea de volver a sacar en procesión la bellísima imagen de Cristo Crucificado, al que se le comenzó a llamar Cristo de la Expiración, tal y como hoy se conoce. Aunque sufriendo distintas reformas, en lo referente a su paso, actualmente realiza su estación de penitencia cada Miércoles Santo junto a la imagen de la antigua Soledad, ahora bajo la advocación de María Santísima del Dulce Nombre del Carmen en su Amargura y San Juan Evangelista, formando un monumental grupo escultórico.

martes, 4 de febrero de 2025

 


SAN BLAS, AÑOS ATRÁS.

“Por San Blas la cigüeña verás y si no la vieres: año de nieves”, dice el refrán.
¡Y San Blas abogó por nuestras gargantas!
-¡Vamos, que mi padre ya ha encendido la lumbre!
Susurraba Lorenzo, mi pequeño vecino, escoltado por sus hermanos, Juan y Andrés, mostrando su carita entre la puerta de cristal del estanco de mi madre. La alegría e inocencia de la niñez retrataban aquella expresión tan limpia.
Me calzo la gorra, agarro la bota repleta de vino tinto y bajo la cuesta abrazando a mi familia, evitándoles sentir la gélida brisa de “Palomarejo”. Me arrimo al fuego que Andrés, como cada año, había prendido con maestría.
Mientras arden las primeras ramas van acudiendo las mozas y los mozos: Paulita y Pedrín, Ramona y Juan, Antoñita y Juan Antonio y, hasta Martina y Ramón, venidos desde Barcelona, en tiempo de aceituna.
El mismo olor, el mismo calor y hasta el mismo sabor de ayer, nos acompañan en la fría noche jabalquinteña.

“Qué bonita está una parra
Con sus racimos colgando,
Más bonita está una niña
De catorce o quince años, Ay, ay”.

“Así me lo pongo al lado,
Así a lo bandolero,
Así a lo sevillano,
Ésta es la mujer que quiero, Ay, ay”.

Cantábamos, agarrados de la mano, y unidos danzábamos, tras las ascuas, del cerco de la hoguera.
Las miradas confidentes y las tímidas risas de los otros mozos y mozas que nos visitaban, se suceden, al tiempo que Paz y Mercedes entonaban al unísono:

“Eres alto y delgado como el hinojo
Y lo que tienes, de alto, tienes de flojo”.

“Eres más tonto, más tonto,
Eres más tonto que aquel,
Que llevó la burra al agua y la trajo sin beber”.

Las desatadas carcajadas atrajeron decenas de coplillas que calentaron lo festivo y lo divino.
-¡No hay prisa, mañana es domingo y hasta las once no nos espera don Pedro!, acerté a oír entre tanto dicho.
El Valle del Guadalquivir que alegra mi despertar, se oculta ahora, tras el velo de la madrugada.
La torre de la estación, como vigilante y tímida luciérnaga, delata en lontananza, un inmenso mar de olivos.

-¡Nena, saca las aceitunas!
No las probé más ricas; la receta y el cariño de mi querida María Juana se perdieron en el angosto callejón del tiempo.
“San Antón viejo y meón”, encargado de la protección animal que tantos bienes nos diera, señala con su santo índice los momentos de hoy que jamás olvidaré.
¡Qué buen picón nos regaló la madrugada!
Caldeará el sencillo hogar del vecindario, recordándonos que vivir es mucho más que un arte.


miércoles, 6 de noviembre de 2024

Dejamos, tiempo atrás, a nuestro célebre personaje, Don José Marcilla Hernández, terminando su apostolado en nuestro querido pueblo, Jabalquinto. 

 Entre 1953 y 1955, fue destinado a Torrubia y a la capellanía del Hospital de Linares. De 1955 a 1956 fue nombrado coadjutor de la Parroquia de San Francisco de Linares (Jaén).

 El día 9 de Julio de 1956 recibió nombramiento como ecónomo de Santa Elena (Jaén).

 En muchas ocasiones y a lo largo de once años había cursado solicitud al Sr. Obispo de Jaén para obtener permiso e irse de misionero a América. Finalmente y después de tanta insistencia, y mediación del Obispo D. Rafael Álvarez Lara obtuvo permiso de Don Félix Romero Mengíbar, entonces obispo de Jaén, para trasladarse a Santo Domingo (República Dominicana) y realizar su misión. 

 Por fin, el día 24 de Octubre de 1958, embarcó en el puerto de Barcelona. En la motonave “Satrústegui” realizó la travesía, que duró diecinueve días, y le llevó hasta su destino.

 El día 13 de noviembre llegó a Ciudad Trujillo. Tras dejar su hato donde Dios dispuso, se propuso  conocer uno de los poblados más cercanos a la ciudad y que habría de atender. El cielo lo recibió con un tremendo aguacero; arremangándose la sotana ayudó a una numerosa familia a la que aquel fuerte chubasco, había desecho la cubierta de su humilde hogar. Después de la tempestad llegó la calma y en cuanto aquel lugar quedó para seguir malviviendo, se dispuso a regresar a la ciudad. 

Oteaba el horizonte con su mirada y tomaba las riendas de aquel caballo que le servía en sus desplazamientos a las secciones más inaccesibles.

 -¿Qué piensa padrecito?, preguntó un mozalbete, de color, que se encontraba observando a sus espaldas.

 Don José, se da la vuelta enérgicamente y alargando su brazo estrecha la mano con la de aquel buen mozo.

 -Me llamo José y vengo a ayudar. 

 -Pues entonces tiene tarea.

 -La tarea es ahora regresar al pueblo.

 -¿Qué sabes hacer? 

 -No tengo oficio ni beneficio.

 -Si tuvieras tiempo y ganas podrías acompañarme unos días hasta que yo conozca estos caminos de Dios.

 Al muchacho se le iluminó el rostro, mostrando una alegría inusual, no dudando la respuesta:

 -Pues claro que sí, Don José, conozco esto como la palma de mi mano. 

 En un santiamén encontró, el sacerdote, al lazarillo que le serviría de guía y compaña en aquellos tres largos e intensos años que habría de misionar allí.

 - A todo esto, ¿Cómo te llamas?. 

 -Ramírez, padrecito, Ramírez.

 -Bueno, Ramírez, volvamos a San Rafael.

 Bien entrada la noche llegaron ambos a la parroquia; era el primer día del mes de enero de aquel año de mil novecientos cincuenta y nueve. Al terminar de asearse prendió la mecha de una vela usada, tomó su pluma y sentado en la mesa de la sacristía se dispuso a escribir a su amigo Manuel:

 “Muy Estimado Manuel: Te deseo muy feliz día y próspero año nuevo en compañía de tu familia. El día veinticuatro de octubre, salí de Barcelona y llegué a Ciudad Trujillo el día trece de noviembre, unos diecinueve días en barco. El día doce de diciembre llegamos a este pueblo y desde aquí atendemos a seis poblados; a tres de ellos se puede ir en coche, pero a los otros hay que ir a caballo. Dicen que van a hacer una carretera y entonces será más fácil. Como no sé conducir coches voy a caballo y salgo los domingos para regresar los miércoles por la tarde. Estas gentes son sencillas y dóciles. El gobierno tiene un concordato con la Santa Sede, como en España… Que aún cuando estamos muy lejos, para el pensamiento y la oración no hay distancias… El personal de aquí es muy religioso. Dios me está concediendo buena salud y todo lo que como me viene bien a pesar de que muchas cosas no las conocía…” 

 De poblado en poblado, de sección en sección, entre el domingo y el miércoles iba sembrando el amor con la Palabra y los hechos en los corazones de aquellas buenas gentes. Su fama se extendía como la espuma y en todos los suburbios se hablaba ya de aquel cura que había llegado nuevo y estaba transformándolo todo. 

 El mismo presidente de la República, Rafael Leónidas Trujillo, tras información recibida de su modo y forma de proceder y del contenido de sus homilías, tomó la decisión de ir a conocerlo y comprobar “in situ” lo cierto y razón de su popularidad.

 Mientras Don José seguía construyendo obras materiales y espirituales recibió, por sorpresa, la visita del presidente. No tuvo necesidad de preguntar para adivinar la llegada del distinguido visitante. Tras el protocolario saludo y frente a frente, tomó la palabra el mandamás. 

-¡Con que éste es el sacerdote español, comunista!

 -No, Señor, yo no soy comunista, yo sólo soy sacerdote.

 -¡Bueno, bueno, nunca se puede fiar uno de nadie, ya sabe usted, sólo hay que fiarse de Dios!

 -Claro que sí, pero Dios también está en el corazón de las personas y mi misión más importante, aquí, es intentar que Él viva en los corazones de esta humilde gente. 

 Aprovechando esta magnífica oportunidad que el cielo le había regalado, continua diciendo: 

- Me gustaría, Sr. Presidente, con todo mi respeto y consideración, y conociendo bien su generosidad, suplicar que escuche y atienda algunas de nuestras necesidades más urgentes.

 -Diga, diga. -Necesitamos un proyector de vistas fijas para la catequesis y el cine, un magnetófono para alegrar la vida de estas personas y para la oración y las celebraciones, y también un Land Rover para atender las secciones más lejanas.

 Entre irónicas carcajadas, se pronuncia el presidente,

 -Pide usted más que un cura.

 -Como un cura, Señor, como un cura. No pido para mí, sino para ellos, lo necesitan.

 -Pues cuente usted, entonces, con ello y ayúdeles todo lo que pueda.

 -Así lo haré hasta el último día, no lo dude. 

 Ambos recorrieron las obras que se estaban ejecutando en la parroquia y en otras dependencias sociales seguidos por la mirada perpleja de cientos de almas que en aquella hora no entendían que el propio presidente de la república hubiera venido a conocer a su pastor. 

 La sinceridad de Don José y su lenguaje sencillo, preciso y directo tocaron las entrañas del presidente, quien quedó comprometido a subvencionar las obras sociales emprendidas por el fiel misionero. A los pocos días de la entrevista se hicieron realidad las promesas del dictador y fueron llegando a aquel patronato, que llevaba su nombre, abundantes aportaciones materiales que vinieron a paliar muchas de las necesidades de aquellos habitantes.

 Transcurridos tres años de su llegada y habiendo capeado junto a su fiel escudero, Ramírez, aguaceros, vientos y mareas, fue destinado al barrio más pobre, desvalido y abandonado de toda aquella olvidada geografía: “Gualey”. Podemos considerar con acierto, a Gualey, como el epicentro de la gran obra humana, social y apostolar que nuestro personaje realizó en la República Dominicana. Convendría conocer, en este punto, lo pasado y lo presente de este barrio que lucha permanentemente por borrar la marca que el tiempo le ha dejado.

 Gualey es un barrio popular de Santo Domingo, allá en la República Dominicana. Cuando se oye su nombre, inmediatamente se asocia a hechos violentos, calles inseguras y enfrentamientos entre bandas, generando una percepción que no contribuye ni a su imagen ni a su desarrollo. Sin embargo, esta comunidad posee innumerables cualidades y personas valiosas, muchas de las cuales han salido de esa realidad, con tesón, esfuerzo y mil y una ayuda, incluida la divina.

 Geográficamente se sitúa en el litoral oeste del río Ozama, en el Distrito Nacional. Fue fundado en el año 1957 por un grupo de familias pobres que fueron desalojadas de Farís, así como por emigrantes de zonas rurales y empobrecidas del país, a quienes el dictador, Rafael Leonidas Trujillo Molina, cedió los terrenos que hoy ocupan los habitantes de esta barriada.

 Al inicio de su fundación, tuvo por nombre Pinar del Río, en honor a la provincia cubana del mismo nombre; luego se llamó San Rafael para resaltar la figura del sátrapa gobernante de la época y más tarde fue renombrado como Gualey. 

 Lejos de lo que se pudiera pensar, este barrio cuenta hoy con muchos ciudadanos y ciudadanas interesados en el desarrollo y bienestar, tanto de su comunidad como del país. Para estos fines, sus moradores se han ocupado en organizaciones e instituciones que forman el Consejo de Desarrollo Barrial de Gualey, desde donde luchan por las necesidades comunes de la colectividad, diseñando y ejecutando novedosos programas en favor de sus habitantes.

 De topología abrupta, por la que transcurren siete cañadas formadas por las frecuentes correntías; sus casas, fabricadas con diversos materiales entre los que se incluyen, madera, lata y cartón, se hayan diseminadas por la ladera, en cuyo fondo discurren las turbias aguas del Ozama. Sólo una cuarta parte de las viviendas podrían considerarse dignamente construidas. Las calles, en su mayoría, carecen de asfalto; los que habitan las partes más bajas soportan las peores condiciones, especialmente en tiempo de lluvias, donde son frecuentes las inundaciones. Plagas, enfermedades y contaminaciones acuíferas son parte de los graves problemas a los que se enfrenta una población, hoy como ayer, muy deprimida. Aún siendo parte de Santo Domingo, Gualey, tiene su propia historia que nace unas cincuenta décadas atrás.

 Actualmente el barrio se subdivide en: Los Cañitos, San Rafael y Gualey, propiamente dicho. Allí vivían, como ratas, en aquel tiempo, unas cuarenta mil almas. Miles de chozas y chabolas servían de límite a aquellos angostos caminos que serpenteaban las laderas del montículo. El olor a podredumbre perfumaba el aire y las infecciones y las consecuentes fiebres se apoderaban de aquellas pobres gentes, no habiendo dependencias parroquiales, ni de ninguna otra índole, que sirvieran de cobijo y utilidad en la atención de los enfermos.

 La tristeza y el descubrimiento de tanta injusticia se apoderaron por instantes de Don José que meditaba en su interior y rezaba a Dios diciendo: 

- ¡Qué ven mis ojos, Dios mío! Pon tu mano poderosa y transfórmalo todo. Haz que desaparezcan, la pobreza, la miseria y el hambre. Sana a tus hijos enfermos y devuélveles la alegría y la esperanza.

 La parroquia era un cobertizo hecho de madera, y escondido tras el altar, un viejo banco le servía de lecho. Antes del amanecer salía al descampado para hacer sus necesidades.

 Como hiciera en su anterior destino, y sin demora, siempre acompañado por Ramírez, su fiel guía y colaborador se puso, manos a la obra, unas veces a pie y otras a lomos de su caballo. 

 Coronada la cumbre de la ladera contempla, por vez primera, lo que sería su nuevo domicilio y misión durante un nuevo tiempo, lleno de peligros y penalidades. El bajo de su sotana se perdía entre el matorral y el barro y sus alpargatas dejaban oír el guachineo que paso a paso recordaba el efecto de la tormenta que apenas unas horas antes se había dejado sentir en aquel inhóspito lugar. Hombres, mujeres y niños rehacían lo que había dejado de ser su hogar.

 Don José, dejando las riendas a Ramírez y otorgándole libertad para el acomodo del jamelgo, descendió a aquel infierno para unir sus manos a las de estas humildes gentes, en el ilusionante proyecto de reconstruir lo que habían perdido.

 -¿Cuál es tu gracia, buen hombre?

 -Facundo, respondió un varón de enjuto semblante, entre sollozos y lamentos. 

 -Yo soy José.

 -¿A qué ha venido?

 -A hacer lo que Dios me pide, si es que tú me dejas.

 -Cómo no, D. José, sus manos y otras muchas serían pocas para poner orden en todo este desconcierto.

 -No te preocupes que Dios aprieta pero no ahoga; entre nosotros y Él, construiremos aquí un gran barrio donde podamos vivir como a Él le gusta.

 -Que Dios le oiga, padrecito.

 Entre el ánimo y la desolación continuaron la tarea de adecentar aquel bochinche de madera y latón. 

A media tarde lograron enderezar lo torcido y como si los hubieran echado a suertes, fueron ocupando los rincones de aquel desolador habitáculo, dejando caer sus maltrechas anatomías sobre paneles de madera forrados de cartón. 

 Entre tanto, Ramírez y Don José, sorteando mil y una dificultades, llegaron al recinto que hacía las veces de parroquia, allá en el poblado; se hincaron de rodillas delante del Señor y rezaron un buen rato.