lunes, 27 de julio de 2015

MONUMENTO A D. JOSÉ MARCILLA HERNÁNDEZ


D. Miguel Ángel Sola, dando lectura a la placa que recuerda la labor de D. José Marcilla y el agradecimiento de todo un pueblo.

DISCURSO INAUGURAL DEL BUSTO DE DON JOSÉ MARCILLA HERNÁNDEZ.

ANTONIO GARCÍA SANZ (Cronista de la Villa de Jabalquinto). 26 de julio de 2015

Rvdo. Sr. Arcipreste, D. Miguel Ángel Sola; Rvdo. Sr. Cura párroco de esta Parroquia de la Encarnación, D. Pedro Garrido; Rvdo. Sr. D. Joaquín Rafael Robles, su predecesor; Rvdo. Sr. D. Tomás Jurado, canónigo de la Sta. Iglesia Catedral de Jaén, jabalquinteño y muy querido por todos nosotros; Sr. alcalde del Excmo. Ayuntamiento de nuestra localidad; Junta de Gobierno y cofrades de la Cofradía de Ntro. Padre Jesús Nazareno, que hoy celebra su fiesta patronal. Un saludo Muy especial para Dña. Sagrario y Dña. Manuela, sobrinas de D. José Marcilla Hernández, que hoy nos honran con su presencia. Sras. y Sres; paisanos y paisanas; amigos todos de éste, mi querido pueblo.

Muy brevemente, porque el calor aprieta y Ntro. Padre Jesús, está a punto de salir a nuestro encuentro.

Pudiera parecer un tanto extraño que alguien que no conoció a D. José Marcilla sea, ahora, la persona designada para que os hable de él.

Pues bien, existen distintas formas de conocer a las personas: Una a través de lo físico, de lo visible, y otra, bien distinta, pero fiable y profunda, la que se corresponde con sus palabras y sus hechos. A esta última forma se puede llegar por medio de otros, que sí tuvieron la dicha de conocerlas. Por tanto, agradezco a D. Manuel Cuesta, su amigo íntimo y a D. Francisco Gómez Montejo, de quienes sus cartas personales y escritos, respectivamente, me han servido para conocer la valía de este hombre y su ejemplo como sacerdote; además de multitud de vivencias y anécdotas, puestas en mis oídos, por quienes compartieron con él, tiempo y espacio.

También quiero agradecer a su sobrina Sagrario, las bonitas palabras que me dedicó al conocer mis publicaciones sobre su tío y sobre todo, por haberme facilitado la dirección de la Web de Gualey, barrio de Santo Domingo, a orillas del río Ozama, donde D. José desarrollo su intensísima labor misionera. Ello me ha permitido conocer el entorno en que su tío vivió gran parte de su vida, dándolo todo.

En esta ocasión, más que leer una larga biografía de nuestro querido personaje, que la podéis encontrar en Internet o en otros medios, prefiero dejaros una reflexión personal: En casos como este debemos de fiarnos más del método del corazón que de otros métodos más razonables. Como en “El Principito”, llegaremos más lejos y más hondo, intuitivamente que razonablemente, aunque lo ideal sería que el corazón y la razón fueran de la mano.

No hay vez que recordando a D. José Marcilla Hernández, no me venga a la memoria, la imagen de una figura que aparece en el Antiguo Testamento y que conecta en el Nuevo Testamento en Jesús de Nazaret. Esta figura es la del “Siervo de Dios”; siervo en el sentido de servicio y entrega y no como título honorífico del que se pueda alardear o presumir.

D. José, como Jesús, es un “siervo de Dios”. Se puso al servicio del Reino, sin dudarlo, dejando atrás, en el olvido, aquellos años, placenteros, en los que sus estudios y formación académica le permitieron vivir, en Madrid, de forma holgada. Pero él buscaba la FELICIDAD, otra vida que le permitiera empaparse del Espíritu de Cristo para llegar a todos y convencerles de que Dios les ama.

Lo hace por medio de la Palabra y la obra; Palabra y obra, unidas, dan credibilidad, ofrecen confianza a quienes están cerca de él, e incluso a los más alejados. Esta es la razón por la que también los que no frecuentaban el templo le admiraban y le querían.

Esa es la clave en la vida y obra de D. José y eso es lo que hace que hoy, a pesar del inexorable paso del tiempo, lo sigamos llevando en el corazón, como en mi caso, incluso, sin haberlo conocido.

Otra de las grandes claves de su vida fue la oración; D. José pasaba largo tiempo delante del Sagrario, al lado de Jesús Sacramentado, vivo, en perfecta unión y comunicación con Él. Sus contratiempos, sus retos, sus preocupaciones, sus ilusiones, sus alegrías y sus penas eran compartidas con Él, como con el mayor de los hermanos, ese que siempre está presto y dispuesto a ofrecer su ayuda sin pedir nada a cambio.

El poder y la fuerza de la oración, a veces en soledad y otras en comunidad fueron, entonces y ahora, grandes regalos del cielo que ayudan a transformarlo todo, a cambiar el mal por el bien, la debilidad por la fortaleza, la injusticia por la justicia, la guerra por la paz, el odio por el amor.

Me contaron en una ocasión, que una vecina, habiendo escuchado, a deshoras, cierto ruido dentro del templo, avisó a otras personas que, acercándose y llamando a la puerta, fueron recibidas por D. José.:

- ¿Qué queréis a estas horas?, les preguntó.



- Es que hemos escuchado ruido y creíamos que habría ladrones


D. José, entre risotadas, les dice:


- ¡Ladrones!, ¡No! Hacía calor en la camareta, y como no podía dormir, me he bajado a acompañar al Señor, y con tanta oscuridad, he tropezado con el reclinatorio.

Sus homilías, no exentas de absurda polémica, eran seguidas con especial atención, tanto aquí como en su misión, allá en República Dominicana.

En varias ocasiones le recomendaron “moderar” el contenido, o más bien, el sentido del mensaje pero él, sin miedo alguno, solía decir: “Yo sólo presto mi voz a Dios”.

Allí, en Santo Domingo, en uno de los poblados que atendía y que estaba levantando con sus propias manos junto a las de muchos fieles moradores recibió, por sorpresa, la visita del presidente de la República, Rafael Leonidas Trujillo que previamente habría enviado a un observador para verificar la fama de este misionero español; éste, lo encontró en plena faena y dirigiéndose a él exclamó:

- ¡Con que tú eres ese cura español comunista!
D. José, haciendo un breve paréntesis, se puso de pié, se colocó frente a frente, y clavando en él su profunda mirada le respondió:

-Yo no soy comunista, Señor, sólo soy sacerdote y he venido hasta aquí para ayudar.
Esta es su autoridad, la misma del evangelio, la misma de Jesús, es decir, Palabra y hechos a la vez, valentía, mucha valentía y la manifestación de su amor a todos, especialmente al más sencillo, al más humilde y al más débil, siempre luciendo su eterna sonrisa. Sonrisa que como podemos ver, bien ha plasmado el autor de esta obra que hoy descubrimos e inauguramos, aquí, en esta Plaza de la Iglesia, en esta “Lonja”, donde tanto jugó con los niños, donde tanto consejo dio a los jóvenes, donde atendió con calma a los mayores, donde consoló a enfermos, donde dio de comer a hambrientos, donde vistió a desnudos, donde amó a todos.

Precisamente hoy, 26 de julio, día de la Fiesta Patronal en honor a Ntro. Padre Jesús Nazareno, después de una dilatada vida puesta al servicio de Dios y de su Iglesia, hace treinta y cinco años que partió de este mundo al Padre rodeado de los suyos y de algunos compañeros. Desde allí, seguirá mirándonos con su mirada profunda, llena de amor.

Querido D. José: No deje nunca de pedir por esta Comunidad Parroquial de la Encarnación, a la que tanto quiso y sirvió. Pida a Dios que nos ayude y nos fortalezca en nuestra travesía hacia Él. Pida también por la Iglesia Universal, para que a través de la acción del Espíritu Santo, podamos lograr la plena transformación del mundo en que vivimos.

Gracias por vuestra atención y felices fiestas.

lunes, 16 de marzo de 2015

RECORDANDO EL PASADO

Muchacho trillando en la era

Este artículo escrito por mi entrañable amigo Antonio García García, fallecido recientemente y publicado en la revista escolar “Nuestra Escuela” nº 28, trata de los usos y costumbres de los jabalquinteños de finales del S. XIX y comienzos del S.XX. Con él colaboré, humildemente, para que viera la luz y fuera conocido por todos. Hoy como homenaje a este jabalquinteño de bien queda publicado en este blog como le prometí poco antes de su muerte. 

A MODO DE PRÓLOGO 

Para un anciano que ha rebasado con creces su vida activa, es conveniente y necesario estar ocupado en algo, tanto en el aspecto físico como el mental, y éste es mi caso. Invierto mi tiempo en lo que me es necesario por mi situación y forma de vida, y a esto añado algún trabajo manual y también intelectual, con lo cual consigo, en esta última faceta estimular la actividad mental. Consecuente con estas, llamemos necesidades, me he propuesto este trabajo que es para mí una añoranza y puede que para los jóvenes que se molesten en leerlo despierte, al menos, curiosidad. Hago una recopilación entre otras cosas, del lenguaje coloquial al uso en la época en que me sitúo, así como costumbres y oficios ya desaparecidos. En cuanto a lo primero, el bajo nivel cultural de aquellos años, no daba lugar a mejorarlo: los niños aprendían a hablar no por la gramática más o menos elemental que recibían en la escuela, si no por los modismos y formas que recibían de sus mayores. Razones: la mísera situación económico-social en que se vivía, determinada por los medios de vida que la clase trabajadora tenía como sustento. De ello se deduce que en cuanto un muchacho varón o hembra cumplía los diez u once años, sin terminar su periodo escolar que era hasta los catorce, los padres le buscaban algún empleo propio de su sexo. El niño, pastor, porquero o chancla, en un cortijo, y la niña, mandadera o niñera en una casa acomodada del pueblo. Con sus ingresos, aunque modestos, mejorarían el haber familiar. Podemos deducir de todo ello que el analfabetismo alcanzaba un alto porcentaje porque raro era el niño que superaba las primeras letras. Y hecho este breve preámbulo, recojo a continuación, ordenadas alfabéticamente, aunque no de un modo riguroso, las costumbres y palabras al uso así como modos de vida desde mi niñez, si bien debo aclarar que no todas, aunque ya no se usan, eran incorrectas, como se puede comprobar si leemos algo en castellano antiguo o incluso en la gran obra de Cervantes, “ Don Quijote de la Mancha”.

COSTUMBRES EN LA VIDA SOCIAL, FAMILIAR Y DE TRABAJO

No puedo omitir en este trabajo una referencia de las costumbres al uso en la vida cotidiana local. Pueblo eminentemente agrícola y ganadero, es lógico que entorno a estas dos fuentes de riqueza girasen todas sus actividades y como consecuencia las costumbres que de ello se derivan. En los trabajadores del campo, podríamos decir que había dos gremios: muleros y jornaleros. En el primero de ellos existía también un orden jerárquico según la categoría de la explotación donde prestaban sus servicios. Donde había varias yuntas, el orden era: Aperador, segundo mulero, y mulero normal; siendo responsable y mandatario de todos, el primero y en caso de necesidad, el segundo. Era lógico que la remuneración salarial del aperador fuera siempre superior a la de los demás y además también recibía en especie una determinada cantidad de fanegas de trigo o cebada que cobraba cuando se recolectaba el grano en la era. Los demás, sobre su salario, recibían la gratificación de sembrar para su consumo familiar una obrada de garbanzos, en la que también participaba el aperador. El jornal era fijo todo el año, incluidos día festivos y de lluvia, en los que el trabajo del campo era imposible. Las festividades más celebradas y que requerían descanso eran: Navidad, San Antón (entonces fiesta local), carnaval, Semana Santa, Fiestas patronales en honor a Ntro. Padre Jesús (24 de Mayo), Corpus Cristi, San Juan o San Pedro (a elegir según conviniese a los trabajadores de las eras) y en Agosto, el día 15, La Asunción o Virgen de Agosto. Creo recordar que hasta el año 1925, aproximadamente, los muleros eran mantenidos en la casa donde trabajaban. El jornalero eventual, sólo cobraba los días trabajados y en los temporales de lluvia, entonces eran frecuentes, lo pasaba mal, teniendo que entramparse en una tienda donde le dieran “fiado”. El pago de la deuda se efectuaba en la siega. Había una forma muy original de llevar la cuenta entre tendero y cliente. Hoy lo llamaríamos “tarjeta de crédito”. Un trozo de caña de unos treinta o cuarenta centímetros de largo, se abría de arriba a bajo y uniendo las dos mitades, se anotaban mediante cortes de cuchillo, el importe de la comprar realizada. La forma del corte practicado, con su significado propio, se traducía en duros, medios duros y pesetas. Ambas partes, sabían interpretar el código a la hora de la liquidación de la deuda. Este trabajador, también tenía su gratificación, al comprometerse para la siega. El “amo” le cedía gratis, unas dos cuerdas de tierra para sembrar melonar. Si este se criaba y daba buenos frutos, podría mantener holgadamente a la familia e incluso ahorrar algo. El mulero en los día de lluvia u otras inclemencias metereológicas, se ocupaba en la cuadra, de reparar sus aperos para mantenerlos en buen estado de servicio o también fabricando otros nuevos que se tendrían en reserva o recambio. Como es natural, los había más o menos habilidosos pero todos tenían algún conocimiento en esta materia. Los muleros se contrataban de un modo verbal para un año, de San Miguel a San Miguel (29 de Septiembre), teniendo derecho a la renovación. Esta costumbre, por lo visto, muy generalizada en la provincia, se hizo ley y era tenida muy en cuenta por los Tribunales Laborales a la hora de resolver algún litigio, poco frecuente, por otra parte. Había muchos trabajadores que pasaban toda su vida laboral en una misma casa. Los ganaderos tenían la fecha de renovación de sus asalariados, en San Pedro (29 de Julio). Ignoro la razón de la elección de esta fecha pero podría tener relación con la época de reproducción del ganado ovino. El oficio de “Chancla”, al que aludí al inicio de esté trabajo, era el de un joven adolescente de entre catorce o quince años que realizaba trabajos secundarios como limpiar la cuadra, ayudado en este caso por el casero. El casero solía ser un hombre bastante mayor, no apto para el trabajo pero no jubilado porque la jubilación remunerada no existía en los trabajos propios del campo. El joven que se iba iniciando en el manejo de una yunta era un aprendiz de mulero. En la era, cuando se recolectaba el cereal, también había trabajo para un adolescente: el de “trillero”. Con la misma edad del chancla o del aprendiz de mulero tenía como principal trabajo trillar la mies en la “parba”, montado en trillo denominado también “máquina de trillar”. De esta máquina tiraban dos mulos o dos caballos, mucho más aptos para esta actividad debido a su mejor trote. El “trillero” también se iba iniciando en otros trabajos que le permitía realizar su edad. Así iba aprendiendo con la práctica todas las taeas de la era. Las labores que se hacían con las yuntas una vez recogido el grano en la era, eran las siguientes:
ALZA: Primera labor en seco, antes de las primeras lluvias y después de que el ganado hubiese aprovechado las espigas que quedaban de la siega y el pasto que se vendía mediante subasta a los ganaderos del pueblo o de fuera.
BINA: Segunda vuelta de arado. Casi siempre cuando ya la tierra había recibido las primeras lluvias otoñales. A lo largo del año se podían dar más o menos vueltas de arado dependiendo del nacimiento de malas hierbas porque se estaba preparando el barbecho para la siembra del año siguiente. En estos barbechos se sembraban los garbanzos y los melonares tanto para los trabajadores como para la casa. En los sembrados de cereal, y en su primera etapa de crecimiento, es donde se invertían los jornaleros eventuales y el buen labrador, como lo era mi padre, realizando los siguientes trabajos:
SIEMBRA A MANO: Previamente a la siembra se trazaban con arado en el haza o parcela a sembrar, unas líneas paralelar de unos nueve o diez pasos de ancho, llamadas “melga”, que servían al sembrador para esparcir el grano a voleo con mayor igualdad. Provisto de su costal-talega, al hombro, conteniendo entre veinticinco o treinta hilos de grano, el sembrador daba dos pases a cada “melga”, acompasando sus pasos al momento de lanzar el puñado de grano al aire. Esta noble labor fue enaltecida en la Zarzuela “La Rosa del Azafrán”, del maestro Guerrero, en la romanza de tenor, “Sembrador que has puesto en tu trabajo tu amor, la espiga del mañana será tu recompensa mejor…” Lástima que la Zarzuela no viva su mejor momento, sobre todo como esta de tipo costumbrista.
AMOCAFRAR: Labor manual para quitar las malas hierbas y dar labor al sembrado en su periodo de ahijamiento. Este trabajo se realizaba con una pequeña herramienta, de entre treinta o cuarenta centímetros de largo que tenía una forma triangular aguda, doblada hacia adentro y que obligaba al trabajador a realizarlo “doblando la cintura”.
ESCARDAR: También labor manual parecida a la anterior pero menos minuciosa y efectiva. La herramienta utilizada era el escardillo; pequeña azada de largo cabo que permitía al trabajador realizar la labor, erguido. En este trabajo también se empleaban mujeres y niños de entre trece y catorce años que cobraban menos jornal porque su trabajo no era tan eficiente. Una vez conocidos los trabajos más usuales en las labores del campo, veamos ahora como convivía la familia y como se comunicaban y relacionaban los vecinos.

CONVIVENCIA Y RELACIÓN SOCIAL 

 Pocas ocasiones para la diversión tenían los jóvenes de la época porque el trabajo absorbía toda su ocupación. Sin embargo había acontecimientos que motivaban la celebración de un baile en alguna casa como era la “entrada en quinta” de algún joven que cumplía los 20 años. Se hacía por invitación entre los jóvenes, en su círculo familiar y de amistades. Casi siempre, la música corría a cargo de un acordeonista, (había varios en el pueblo). También había grupos de utilizaban los instrumentos de cuerda (Guitarra, bandurria y laúd). Empezaba la fiesta. Si algún muchacho pasaba por la calle y se sentía atraído, pedía permiso al cabeza de familia y se le concedía, si era merecedor de ello. Terminado el rato de ocio, que no solía llegar hasta altas horas, se formaba el grupo de las muchachas asistentes que era acompañado por e de los muchachos hasta el domicilio de estas. Por entonces no estaba bien visto que una muchacha regresara sola a su domicilio. Otra forma de convivencia, relación y diálogo era el paseo. Si había amistad o interés por alguna moza, el varón se acercaba a su pretendida y paseaban, si ella aceptaba, siempre acompañada de las amigas ya que ninguna salía ni paseaba sola. En los paseos y sobre todo en tiempos de carnaval se organizaba el juego de “la rueda”. Un grupo de jóvenes de ambos sexos, se cogían de la mano y formando un círculo danzaban girando y cantando coplillas con un poquito de “picante amoroso”, mientras una pareja salía a bailar, rompiendo o abriendo la rueda. De todos estos contactos y relaciones surgían las parejas de novios que, dando al compromiso la máxima seriedad llegaban en su gran mayoría al matrimonio. También los prolegómenos tenían su ritual más o menos riguroso, que daban lugar a la formación de nuevas parejas. Con mucha antelación a la fecha aproximada de la boda y aprovechando el buen tiempo otoñal, se procedía al lavado de la lana; lo que sería el colchón nupcial. Por la escasez de agua en el pueblo se iba al río. Después de lavada, la lana se tendía sobre los matorrales y una vez seca, se recogía y se regresaba al pueblo. Era un día de campo y comilona al que se invitaba a los que realizaban en trabajo y a las amistades. La segunda fase del lanado consistía en abrirla y ponerla esponjosa y suave antes de introducirla en el colchón que también se confeccionaba a mano. Para esta faena, ya en casa de la novia, se invitaba a amigos y amigas de ambos contrayentes, constituyendo estas reuniones un acto de convivencia, celebrado modestamente, con lo que ahora se conoce como “palomitas” y con alguna que otra copa de licor. Ya en las proximidades de la boda se iba haciendo la invitación a familia y amistades de forma verbal. No eran muchas las familias que en esa época usaban tarjeta de invitación. Llegado el día señalado y con tiempo suficiente, el padrino y otros acompañantes iban recorriendo los domicilios de los invitados para llevarlos a la iglesia y terminado el acto religioso y sublime para los contrayentes, se reunían en casa de la novia donde se celebraba el acontecimiento. Los invitados eran obsequiados con dulces caseros y de confitería, así como con licores. Unos camareros, improvisados para el acto pasaban unas bandejas con los pasteles y seguidamente otros con los licores y una bebida casera, llamada “Resol”, muy parecida al “Pacharán” de Navarra, que hoy se vende embotellado y a muy buen precio. Se terminaba frecuentemente con un baile si la casa reunía condiciones para ello. Los padrinos eran siempre de parte del novio; un matrimonio anteriormente contraído en la casa y los recién casados adquirían desde ese momento la obligación respetuosa de tratar de usted a sus compadres. Otra costumbre muy al uso era que la comadre llevara a los novios, después de la noche de bodas, un desayuno, consistente en chocolate acompañado de dulces caseros. Y con estos ligeros apuntes de cómo era la convivencia de modo más usual en el pueblo, no me queda más que añadir la celebración de “los quintos”, la noche anterior a su presentación en el ayuntamiento para ser reconocidos y tallados en su estatura. Noche de serenatas y de juerga. Los padres se esmeraban en vestir a sus hijos con todo lujo para ese memorable acto. Traje nuevo y de estreno, hasta los calcetines. Otra costumbre más o menos tolerable era “la cencerrá”. Este evento se celebraba cuando se casaban dos viudos. Unido a la sinfonía de cencerros, latas, y otros objetos ruidosos se proferían frases no siempre de buen gusto. Con esta soltura y desparpajo se movían y relacionaban los jabalquinteños de finales del XIX y primer tercio del XX. Todo lo cual lo he vivido, en pleno uso de mi razón, y lo cuento para conocimiento y deleite de mis queridos paisanos. 

OFICIOS YA DESAPARECIDOS 

AFILADOR: El antiguo afilador, no motorizado como hoy, es el que incluyo en los oficios desaparecidos. Mayoritariamente de procedencia gallega y con el clásico pito de varios tonos daba verdaderos conciertos anunciando su trabajo. La rueda motriz de su máquina, que por medio del pedal accionaba la piedra, le servía también para el transporte. Así se trasladaba de pueblo en pueblo por los caminos.
ALBARDONERO: Era el hombre que con lona y aguja construía toda clase de aparejos para mulos y burros de carga. También hacía otro modelo con estribos y baticola, que era una modesta silla de montar para caballos y mulos. En su trabajo estaba incluida del mismo modo la reparación cuando por su constante uso los útiles se deterioraban; Ello se hacía irremediablemente antes del inicio de las faenas de recolección de cereales ya que la mies se llevaban a la era cargadas en mulos. 
ALADRERO: Era un oficio similar al del carpintero aunque menos refinado. Su trabajo consistía en construir y reparar aperos con madera de encina; especialmente ubios (yugos) y arados de palo. Decayó bastante el trabajo del aladrero al surgir el arado de hierro con vertedera reversible. Había en el pueblo dos talleres donde se hacían estos trabajos. Uno, de forma exclusiva, el otro era una carpintería, donde esta especialidad ocupaba un segundo plano.
ARRIERO: Sin duda alguna, es el transportista de una larga época. Utilizaba el burro como alma de transporte. Animal muy sufrido, que era capaz de soportar largas jornadas de camino sin recibir alimento, si bien algunos llevaban en su “recua” algún mulo de pequeña talla. Los habían que comerciaban por su cuenta los productos que transportaban. Otros, en cambio sólo realizaban el porte de un lugar a otro. El arriero tenía una forma peculiar de vestir: Blusa, pantalón de pana, ancho cinturón de cuero a la cintura, encima de la faja, que entre otras cosas hacía de bolsillo para llevar el dinero, producto de su comercio. La preparación y organización de la “recua” también exigía unos conocimientos. Los burros caminaban en fila, uno tras otro. Al que abría camino se le llamaba “lidiano” y necesitaba recibir una clase de doma durante la cual recibía bastantes palos con la vara de olivo que el arriero llevaba siempre en la cintura. Había un segundo, al que llamaban “el seguior” al que seguían todos los demás. Los hombres caminaban a pie, si llevaban carga y como el viaje requería varias horas comían incluso llevando las alforjas al hombro. Yo los he visto y soy testigo de ello. Al cruzarse con ellos, cortésmente, siempre decían: ¿Quiere usted comer?. Frecuentemente su destino era: La Carolina, Guarromán, Bailén, Baños de la Encina y la cuenca minera de Sierra Morena. Cuando caminaban de noche, al lidiano, le colocaban un gran cencerro y todos le seguían en orden. Los hombres, si no traían carga de “reporte”, venían montados y era frecuente oírles cantar por fandangos o por cualquier otro palo del flamenco. Cuando se oía el cencerro por el pueblo era curioso ver a la recua en perfecta formación. Sonaba a invitación para salir a contemplarla.
CALDERERO: Vendía sartenes, calderos, hornillas de carbón y toda gama de estos fabricados. Traía su mercancía cargada en un mulo y se anunciaba repiqueteando un pequeño martillo sobre un caldero, colgado de su propio cuello, a modo de tambor.
CARPINTERO: Los había, y muy buenos, en tiempos de mi niñez. Existían dos carpinterías con oficiales asalariados a las órdenes del maestro o empresario responsable de la industria. Una de ellas, ya estaba mecanizada en esa época y ambas estaban dedicadas a la construcción de todo lo concerniente al ramo e incluso a algunos muebles. Existía otra carpintería, en la que sólo trabajaba el dueño y su trabajo estaba más bien orientado a reparaciones y sobre todo a la fabricación de ataúdes con maderas ligeras y forrados con tela negra. 
CORDELERO: También como los afiladores, procedían de Galicia y su trabajo consistía en confeccionar cuerdas de todo tipo y grueso con las guitas que procedentes de la siega con máquina atadora, se habían usado en la anterior recolección de cereales. Ya tenían su clientela fija a la que visitaban cada temporada, en otoño, y con unas rudimentarias máquinas accionadas a mano hacían su trabajo a gusto o necesidades de cada cliente.
FIELES DE LA VILLA: En el primer cuarto del siglo XX, yo conocí la actividad de estos hombres. Actuaban como representantes del ayuntamiento e intervenían en todas las ventas de grano que se hicieran en el municipio. Empecé a conocerlos con “la media fanega” (medida para los granos) y su “rodillo rasero”. Iban por la calle con estos útiles al hombro hasta la casa donde se hubiese hecho una venta y ellos como fieles representantes del municipio hacían la medición del grano. Si era cereal, medida rasada, y si eran leguminosas (garbanzos, habas, etc.), colmada. Cobraban una módica cantidad por fanega a favor de los ingresos municipales. Desaparecida la medida, pero no el impuesto, se comenzó a usar la “romana” de arrobas y Kilogramos.
GUARNICIONERO: Este artesano fabricaba toda clase de útiles en que se usase el cuero curtido como elemento principal. Guarniciones para carros de mulas, enganches de coches de lujo, sillas de montar, etc. Debo aclarar que esta profesión no ha desaparecido del todo gracias al nuevo impulso que parece haber tomado la equitación, al menos, en las zonas más turísticas de España. 
HOJALATERO CALLEJERO: Con su hornilla de carbón permanentemente encendida pregonaba por la calle su trabajo. Soldaba con estaño toda clase de vasijas de porcelana y hojalata, sentado a la puerta del cliente. 
LAÑADOR: Como el anterior, era un oficio callejero. Se afanaba en la reparación de toda clase de cacharros de barro o cerámica: cántaros, lebrillos, tinajas, etc. A lo largo de la grieta producida en la vasija, practicaba, a ambos lados, unos agujeros, introduciendo en ellos una grapa a medida que preparaba sobre la marcha. Una vez colocadas las grapas, cubría la grieta con una pasta blanca poniendo a prueba su reparación.
MELERO: Los “tíos de la miel” venían desde Granada en las mulas que portaban su mercancía: miel de abeja y de caldera. Esta última es un subproducto de la elaboración de la caña de azúcar. El más popular era de la Zubia y respondía al nombre de: “Frasquito el de la miel”. Estuvo vendiendo sus productos en el pueblo hasta después de la Guerra Civil. 
PASERO: Estos venían de la provincia de Málaga con sus famosas y ricas “pasas de moscatel”, y las vendían por cajas completas que pesaban entre cuatro y cinco kilos. Si tenemos en cuenta que entonces no había más fruta fresca que la de la temporada, comprenderemos fácilmente, que era un excelente recurso como postre de todo el año ya que su conservación no suponía ningún problema.
RECOVERO: Se dedicaba a negociar en la compraventa de animales: lechones, gallinas y también huevos, etc. Cada uno se especializaba en una cosa y empleaban para su trabajo o negocio, mulos y caballos. Hacían viajes de varias jornadas movidos por la compraventa. Recuerdo que algunos iban sobre todo a comprar lechones al valle de los Pedroches (Córdoba). 
SILLERO: Como su nombre indica era más bien reparador y no fabricante de sillas. En su trabajo no sólo reparaba el asiento sino que también lo hacía nuevo si era realmente necesario. Igualmente efectuaba reparaciones en la madera si era preciso. Los asientos o culos de la silla eran siempre de enea, aunque últimamente hubieron de recurrir a la guita. 
SOMBRERERO: Era curioso ver a este modesto comerciante, con un gran número de sombreros superpuestos sobre el suyo. En sus manos portaba dos sombrereras. Una vez concertada la venta, el sombrerero daba la forma al sombrero a gusto del cliente, para ello llevaba un catálogo.
PREGONERO: Avisando a toque de trompeta su presencia, daba lectura a los bandos de la alcaldía y otros avisos como era la oferta de pescado que traían los pescaderos y sus precios. De este modo, las amas de casa sabían lo que más le convenía comprar. A su vez, este hombre tenía el cargo de enterrador.
ROMO: Juego infantil cuyo elemento principal era un palo puntiagudo que había que clavar en el suelo.
VELONERO: Venían de Lucena (Córdoba) y se anunciaban con un sonido especial y acorde con la mercancía que traían. Eran dos planchas de hierro unidas a un fleje flexible que sonaban al ser agitadas a mano. Traían su mercancía en mulas y manufacturadas en ese industrioso pueblo: Velones de distintos tamaños y formas, capuchinas, candiles, braseros, calderos, peroles, etc. Todo ello fabricado con latón y cobre muy artísticamente. 
ZAPATERO: Podríamos desglosar en varias categorías esta antiquísimo oficio: El que hacía calzado a medida, tanto para hombre como para mujer con buenos y delicados materiales; El que hacía calzado con materiales más rústicos y más sufridos para trabajadores del campo; y el “remendón” que sólo se dedicaba a reparar, poner medias suelas, tacones o algún remiendo donde hiciera falta. Teníamos de todas las categorías en el pueblo. Uno de ellos tenía un taller con varios oficiales y medianamente mecanizado por aquella época. 
HERRERO DE FRAGUA: En la época y en el lugar en que me sitúo era importante y necesario este artesano de la forja. Un pueblo agrícola como el nuestro no podía prescindir de sus servicios de reparación y mantenimiento de aperos y herramientas de trabajo manual. 
AGUADOR: Oficio en el que se refugiaban los hombres ya mayores e incapacitados para ejercer el duro trabajo del campo, o bien adolescentes a los que sus padres obligaban a trabajar prematuramente contribuyendo así a aumentar los ingresos familiares. Todos utilizaban burros y repartían el agua con cántaros en los domicilios de su clientela. Uno, más avispado acopló una cuba a un carro tirado por dos mulas ganándose de por vida el apodo de “el cubano”, a pesar de no haber conocido jamás la isla caribeña. Vendía el agua, como es lógico, algo más barata que el resto.
RAMONERO: Trabajo temporal, ejercido por arrieros que recogían las ramas de olivo procedentes de la poda para venderlo a los panaderos del pueblo o en los tejares del vecino Bailén. Ocasionalmente, en tiempo de lluvia, lo vendían como pienso para el ganado de la sierra. 
PINERO: Muy niño era yo todavía cuando se practicaba el transporte fluvial de las maderas que se cortaban en las sierras de Cazorla, Segura y las Villas. Sin embargo he conocido y oído de mayores los métodos usados por los pineros desde la colocación de los maderos en el agua hasta su llegada final en el río y posterior transporte por tierra hasta la estación de ferrocarril de Jabalquinto. Ello me permite esta descripción: En el río Guadalimar, y en el sitio más cercano a la sierra y con fácil embarcadero, se iba depositando “la piná”. Eran troncos en bruto de un largo máximo de unos tres o cuatro metros que se mandaban así a los aserraderos para su conversión en tablas, cuartones y otras piezas al uso para carpintería y albañilería, sobre todo. Una vez colocada en el río, “la piná”, se iniciaba el transporte, efectuado a través de la corriente natural de sus aguas. No circulaban solos los troncos sino que eran acompañados de hombres especializados y buenos conocedores de este medio de transporte. Usando una balsa llamada “caballo”, acompañaban la marcha de la madera y si algún troco se paraba en los matorrales de las orillas, con unas largas pértigas lo devolvían a la vía de circulación. El punto de destino era “Palomarejo” y desde allí y ya por vía terrena, arrastrados por mulos llegaban a la estación de ferrocarril de Jabalquinto. Dependiendo de la cantidad de troncos de “la piná”, los yunteros del pueblo, muleros con yunta propia, podrían trabajar más o menos días. Ya en la estación, en el muelle de carga, se colocaban en vagones-batea y se facturaban a pueblos y ciudades importantes de Andalucía donde existían aserraderos. 

VIDA SOCIAL DEL PUEBLO 

NOVENARIO: A los pocos días del fallecimiento de una persona, se iniciaba en casa del difunto un novenario de rezos. Una mujer especializada en ello, “la rezadora”, dirigía el rezo del Santo Rosario durante los nueve días. A su término cobraba o aceptaba un regalo en dinero o en especie. 
CABO DE AÑO: Así se denominaba al funeral de aniversario que en la iglesia oficiaba el párroco, llamado también misa de difuntos. Previamente a ese día, una mujer, “la avisadora” recorría el pueblo casa por casa, entonces con más habitantes que ahora, invitando a asistir a dicha celebración. No todas cumplían con su trabajo con la misma dedicación y fidelidad. 
TOQUE DE CAMPANAS: Los toques de las campanas del pueblo tenían también distintos significados. En cuanto al aviso de los fallecimientos, las campanas doblaban de un modo especial y diferente si se trataba de un niño o un adulto. Había un toque diario y puntual a las tres de la tarde al que se le llamaba “Vísperas”. Para las misas se practicaban tres toques con intervalos de media hora. También se usaban como alarma en caso de incendio con toques cortos y continuados.
LA MATANZA DEL CERDO: Desgraciadamente en aquella época no todas las familias podían hacer la matanza aunque criasen a estos animales. Llegado el momento los vendían para cancelar más de una deuda o cubrir otras necesidades familiares. En las casas donde se hacía, se sacrificaba uno o dos animales, según los miembros de la unidad familiar. En la matanza, desde el sacrificio del animal hasta la elaboración de sus productos y subproductos se invertían tres días, trabajando varias personas, especialmente, mujeres. El día anterior al sacrificio del “marrano”, se picaba la cebolla para las morcillas, trabajo duro para las mujeres, que se pasaban el rato llorando al aspirar el aroma que surge de sus cortes. Al día siguiente, muy de madrugada, se ponía a hervir en una gran lumbre el agua contenida en una caldera, unos cincuenta o sesenta litros, que servirían, una vez sacrificado el animal y recogida su sangre en un lebrillo, para pelarlo. Posteriormente se colgaba a media altura para extraer sus vísceras procediendo a practicar un corte a nivel de los tendones de sus patas traseras. En ellos se introducía el “camal”, palo curvado que tenía unas estrías que servían para dar más o menos apertura a “la canal”. Una vez el matarife había terminado su labor, las mujeres se disponían al lavado de las tripas para las morcillas y chorizos. Posteriormente preparaban la masa con la sangre, la cebolla y una gran variedad de especies. La masa se ponía a hervir en una caldera y cuando estaba fría se procedía al embutido, a mano, con unos embudos adecuados el los que con una cuchara se iba depositando y empujando la masa que poco a poco pasaría a la tripa. Al matarife se le obsequiaba con aguardiente e higos secos mientras realizaba su trabajo. Al cabo de la veinticuatro horas se procedía al despiece del animal dándole forma a los jamones, paletillas, piezas de tocino y otras fracciones que iban al salado en la artesa que había servido para el pelado. Adecuadamente colocadas por el especialista, se cubría el conjunto con abundante sal gorda, especial para matanzas, poniendo encima tablas y grandes piedras para ejercer una adecuada presión sobre los futuros manjares. Ni que decir tiene que el veterinario habría de analizar diversos trozos de carne del animal y dar el visto bueno a la elaboración de los productos. La carne se picaba con una máquina manual para fabricar los embutidos. “La matancera” hacía la masa y la probaba para controlar el aliño. Los chorizos y el lomo, denominado “de orza”, se mareaban, y con el aceite usado se cubrían en una orza o tinaja para una correcta conservación. Los lomos se ponían en adobo antes de freírlos o marearlos durante unas horas. Costumbre muy generalizada entre familia y amistades era intercambiar una pequeña muestra de los productos elaborados ya que en cada casa se tenían diferentes costumbres a la hora del aliño y la elaboración de los mismos. A está costumbre se le denominaba “el presente”. Se decía y con razón que del cerdo se aprovechaba todo excepto las pezuñas y la vejiga, aunque con esta última se hacía la zambomba, instrumento muy popular en la interpretación de los villancicos navideños.
 LA FIESTA DE SAN ANTÓN: Sería una omisión imperdonable, no hacer un relato de cómo se celebraba en el pueblo el día de san Antón, patrono de los animales y en aquel tiempo declarado fiesta local. Día de descanso en los trabajos del campo. Después de la misa, por la mañana, con la asistencia de la corporación municipal en pleno, se bendecían los animales engalanados que desfilaban por la puerta del corralillo de la iglesia. Seguidamente y sin una reglamentación adecuada para la competición, se celebraban las carreras de burros, primero, y después de mulos, sin ningún trofeo para el ganador; sólo la honrilla de haber llegado primero a la meta. Por la tarde tenía lugar la carrera de caballos. Esta tenía más concurrencia; incluso salían a presenciarla las mujeres casadas que a lo largo del año poco disfrutaban de la calle. En la Iglesia parroquial de la Encarnación existía por entonces una imagen del santo con un cerdito a sus pies. La cofradía costeaba sus escasos gastos con la crianza de un marranillo en la que colaboraba todo el pueblo. Para conocerlo y como seña de identidad, le cortaban parte de las orejas y el rabo y de esta guisa, el animal mendigaba por el pueblo en busca de alimento, conociendo aquellas casa en las que era atendido de mejor manera. Aún circula por el pueblo el dicho: “Vas a pasar más hambre que el marranillo de san Antón” o también “Te vas a quedar sin orejas, como el marranillo de san Antón”. Posteriormente se vendía a algún vecino, y con estos ingresos se costeaban los gastos anuales de la hermandad. Para terminar la fiesta, por la noche, se encendían numerosas candelarias que era motivo de reunión de jóvenes de ambos sexos, que jugaban a la rueda alegremente. Acabo así este, al menos curioso relato. Me hubiera gustado haberlo completado aún más. Espero que comprendáis que estoy cerca de alcanzar los noventa y tres años y espero por ello que me concedáis la disculpa que os ruego. De cualquier modo, se que os resultarán originales y curiosas muchas de estas costumbres que comparadas con las actuales, media un abismo de por medio. Todo tiene sus “pros” y sus “contras”. Lo ideal sería poder conjugar pasado y presente.

PALABRAS AL USO DE LA ÉPOCA 

ALMORZÁ: Cantidad de grano o materia que se puede coger con ambas manos formando un recipiente cóncavo.
ASOMATRASPÓN: Seguir los pasos de una persona tratando de no ser visto por la misma.
AMOS: A modo de saludo: ¡Vamos!. 
ASINA/ASINE: Los segadores que venían de Granada nos dejaron esta palabra cuyo uso correcto sería: Así.
APAÑAO/A: Para calificar a jóvenes de ambos sexos. Guapos, bien parecidos, de buen porte. AROCHO/A: Avispado, presumido, vivaz. 
ACELERADO: Poco reflexivo, de temperamento nervioso.
ALMIARAR: Construir un “almiar” de paja en la era; a la intemperie cuando no cabía toda en el pajar. Lo construía un hombre especializado en este trabajo, con herramientas adecuadas y ayudados por otros dos que le echaban la paja mientras que él le daba la forma. Era techado de rastrojo para reservarlo de la lluvia. ARRIPIEZO: Persona de escasa estatura, mal vestido, arapiento, poco presentable. El diccionario dice: Arrapiezo.
ASOTARRAO: Cómodamente sentado o tumbado en el suelo. Sin otra preocupación que su propia comodidad.
APECHUSQUES: Conjunto de herramientas o útiles de trabajo.
ARRANAO: Derrumbado, derruido de forma espontánea. 
ANIGUAL: Según el uso dado a esta palabra, se deduce que se trata de una deformación de la expresión, “en lugar de”.
ALIFONSO: Llamábase así a los que tenían por nombre Ildefonso.
AUTERO: Persona que exagera sus dolencias. Que se queja de vicio sin tener dolencia alguna. ASENDRÍAS: ¡Asendrías colorás!, pregonaban los meloneros de Jabalquinto al vender sus productos por las calles de Linares.
BARCINAR: Así se denominaba al transporte de la mies, desde el campo a la era; bien con mulos o en carruaje; si bien en este pueblo, por su orografía, se usaba más lo primero.
BARCINA: Especie de saco hecho en forma de tejido de red, utilizado para transportar la paja. BOTIFUERA: Costeada y organizada por el dueño; dícese de la celebración del final de una recolección de cosecha para todos los trabajadores que han intervenido en ella.
CERRIL: Caballo, mulo o burro sin domar.
CUALESQUIERA: cualquiera.
CUCHA: Muy usual todavía. Para indicar al interlocutor que escuche.
CADA UNO DE PO SÍ: Cada uno de por sí. Indicando una decisión personal distinta de la del grupo. CORUJO: Retraído, vergonzoso, poco comunicativo.
CALCUSERO: Persona aficionada a investigar vidas ajenas yendo de un lugar para otro. También dícese del perro que sin tener amo busca alimentos por todos sitios.
CONTRI MÁS: Cuanto más.
CONTRI ANTES: Cuanto antes.
CONOSENSIA: Amistas, relación con otra persona. “Tengo buena conosensia con fulano”.
CUISIA: Codicia, interés por determinada cosa, y sobre todo llevarla o hacerla bien.
CUÁNTOS SEIS: ¿Cuántos sois?
CONSENSIA: Conciencia. 
COMISTRONA: Acto social. Reunión de amigos celebrado con una comida. 
COLÉ POR TU CALLE: Pasé por tu calle.
CHORTAL: Zona de tierra generalmente muy limitada y excesivamente húmeda por su impermeabilidad. CHAMISO: Tacaño. “Agarrao” a la hora de sacar su dinero. 
CHAMBAO: Sombrajo, construido con estructura de madera con la única intención de conseguir hacer sombra. Se construía en las eras para dejar las herramientas y otros útiles para el trabajo.
CHOZA: Habitáculo construido con madera y con hierbas secas. Mejor terminado que el “Chambao”, daba cobijo a las familias que pasaban el verano al cuidado del melonar. También muy usado por los pastores en la sierra, donde pasaban todo el invierno.
CHUCHURRÍO: Muy ajado. En mal estado. 
CHACHO: Parentesco igual que tío. 
CHAMBRA: Prenda interior de la mujer que se ponía sobre los “justillos” (Especie de sujetador) CHICHIMUECO: Hombre de constitución física débil y poca estatura.
DISESELO: Díselo, comunícaselo.
DESHILACHO: Usábase esta palabra para definir o calificar un hecho extravagante.
DENGUNO: Ninguno. “Ni nadie ni denguno”
DIOS GUARDE A USTEDES: Actualmente en desuso. Era un saludo muy usual en el primer cuarto del siglo XX. En 1936 fue prohibida esta expresión en esta localidad.
DESINQUIETO: Niño travieso, inquieto, bullicioso. 
DORNAJO: Recipiente de madera usado para dar el pienso a los cerdo y a otros animales.
ENDEVEZ: En vez de… 
ESO ES DE NASIÓN: Enfermedad, defecto o virtud aplicada a una persona para explicar que había nacido con ello.
ESTÓGAMO: Estómago.
ESTURREO: Dispersar, esparcir desordenadamente. 
ESRRIBAR: Derribar, abatir cualquier cosa.
ENCOMEDIO: Identificar el centro de una parcela de olivar o tierra. 
ESPERNIBLE: Que como con voracidad y con ansia. Glotón.
ESCUCHIMIZAO: Desnutrido, flaco, famélico. 
ESCUERZO: Sinónimo de “escuchimizao”.
FANFARRUÑA: Lluvia fina, poco copiosa.
FARFOLLA: Hoja que envuelve la piña o mazorca del maíz.
FARFOLLAR: Trabajo de separar las hojas de las mazorcas de maíz con intención de rellenar colchones. GUASCA: Bofetada, tortazo, guantada.
GALLO POETA: Gallo de canto nocturno que anunciaba cambio en el estado del tiempo. 
GUSTOSO: Se decía del que estaba contento, alegre o satisfecho. 
GARPITA: Mujer respondona, redicha. 
RAIDA: Sinónimo de la anterior.
GALOCHERIAS: Productos de confitería y golosinas. 
GALOCHO: Amante de las galocherías. Recordamos aquí a Calero, una persona muy conocida de la época. Cosario de los que habitaban en “Palomarejo” y que siempre llevaba los bolsillos repletos de caramelos y bolicos. 
GORULLO: Atolondrado, poco resolutivo. 
GÜENO: Bueno.
GUACHARRO: Polluelo de cualquier clase de ave en su periodo de cría. 
GERMANIA: No es una vasta región de Europa sino un grupo numeroso de niños en sus juegos callejeros. Algo así como chiquillería. 
HARTIBLE: Obstinado en sus pretensiones o deseos. Pesado en sus comportamientos.
HOGAÑO: Este año.
INTREPETAO: Malestar no grave sin síntomas definidos.
JORNAL: Salario percibido por el trabajador eventual o temporero en las tareas agrícolas. Se usaba igualmente para cuantificar el rendimiento del trabajador: “He echado jornal y medio”. 
LE VA A DAR UN “VIVO”: Situación personal en un estado excesivamente nervioso. 
LO TRUJE: Lo traje. 
LO MERQUÉ: Lo compré.
LO VIDE: Lo vi.
LUCHA: Franja de terreno que una cuadrilla de jornaleros atendía en su trabajo. El manijero marcaba la anchura de la misma. 
ME CREIGO YO: Me creo yo. 
MISCANDERO: Se dice así del niño que como mal o come sólo lo que le gusta. Esta palabra no he logrado encontrarla en ningún diccionario. 
MALACATÓN: Melocotón. 
MAL HORAGE: Tiempo desapacible, lluvioso y de viento fuerte.
ME SIENTES ¿Me oyes?
NIERVOSO: Estar de los nervios
NO LO PUEDO SOLOSTRAR: Insoportable.
NO TENGO NI ARTE NI PARTE: Excusa contundente para dejar claro que ese asunto no es de su competencia. No tener nada que ver en una situación. 
OTAVÍA: Todavía. Todavía se escucha esta palabra en el pueblo.
OBRADA: En el conjunto mulero-yunta, era el nombre dado al rendimiento del trabajo en un solo día. PITOFLA: Ramera, mujer de vida alegre. 
PROBES: Pobres. “Semos probes”.
PIOJAR: Gratificación en especie que cobraba el aperador o encargado de una explotación agrícola. PALUSTRERO: Adulador, hipócrita.
PELITRE: Persona sin capital que pretende vivir como si lo tuviera. 
REIDERO: Poco inteligente. De necios comportamientos. 
RODILLA: Trozo de tela usada que se dedicaba a la limpieza doméstica en algunas casas.
REPÍNFORA: Mujer redicha, respondona y de modos agrios.
REFAJO: Especie de falda de tela recia usada por la mujer encima de a “enagua”.
SINSOLILLO: Persona de débil constitución y forma de producirse en sus actos. 
SEMOS: Somos.
SETENIDAD: Certeza. Seguridad en lo que se dice. 
SINI: Cine. “Vamos al sini”. 
TELEFANO: Teléfono. 
TOZOLÓN: Pezcozón, coscorrón a un niño.
TREMPANO: Temprano. Aún se escucha esta palabra por el pueblo.
TRONCÓN: Poco inteligente o desenvuelto. 
TARASCÁ: Arañazo. 
TÁNGANO: Pieza de piedra o de hierro que usaban los niños para jugar a “los cartones”. 
VAMOS REMATAO: Hemos terminado; en referencia a un trabajo o tarea. 
VIROTE: Calificativo aplicado a una muchacha varonil. Díscola.
ZANCAJO: Rotura producida en una media o calcetín.
ZORRERA: Concentración de humo. Humareda. Los cazadores de zorros producían abundante humo en la boca de sus madrigueras para provocar la salida de estos animales al exterior.

PREGÓN SEMANA SANTA 2015




                             
                              Cartel Semana Santa 2015
                       Autor: José Eleuterio González Soriano.

Antonio García Sanz

Sr. alcalde, Sr. cura párroco, señores y señoras concejales, hermanos y hermanas mayores de las distintas cofradías, hermandades y grupos parroquiales que pertenecen a mi muy querida parroquia de la Encarnación, a la que pertenezco y en la que sirvo desde mi más tierna infancia de distintas formas; cofrades, amigos y amigas.
D. Pedro López Lérida en calidad de Alcalde presidente del Excmo. ayuntamiento de Jabalquinto junto con la Agrupación de cofradías y Hermandades pertenecientes a nuestra parroquia, guiada, hoy, por Don Pedro Garrido, cura párroco, han querido que sea yo, este año de 2015, quien anuncie esta celebración que debe tener como objetivo último, contribuir al crecimiento y madurez de nuestra fe en Cristo Resucitado.
Cada año, desde hace  varios, cuando la cuaresma expira y se tienen ya los ojos, y los sentidos clavados en la Semana Santa, desde este mismo lugar, se anuncia la misma por medio del pregón y presentación del cartel anunciador, este año, dedicado muy especialmente al momento de la resurrección y a la bella imagen que junto al sagrario nos recuerda que ¡Cristo vive!
Quiero comenzar creando el ambiente adecuado con una presentación que a través de la música y la imagen nos va a centrar en el tema del que trataremos seguidamente; la resurrección.
La música y la letra pertenecen a Gonzalo Mazarrasa, sin duda, el mejor compositor de música católica de la actualidad. La canción de su CD, “A la otra orilla”, lleva por título: “Me basta”. Las voces las ponen Ana Moya y Alfonso Puche, joven sacerdote, que ejerce su pastoral en Madrid, aunque nacido en Bailén y que es hijo de mi querida amiga Candy, compañera de profesión y de misión.
Las imágenes, seleccionadas para la ocasión las he tomado de internet, en su minoría, y de la exposición permanente que la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno tiene en su Casa de Hermandad y que logramos reunir, clasificar y digitalizar, siendo Hermano Mayor Vicente Juan Megías Moreno. El resto son de mi propiedad, realizadas en las décadas de los setenta y los ochenta y alguna mucho más reciente.
Espero y deseo que todos disfrutemos. (Audiovisual)
¡Cristo ha resucitado!, esta es la primera y gran verdad de nuestra fe.
Los apóstoles de Jesús comenzaron su predicación anunciando este hecho indiscutible: Jesús de Nazaret, el que caminaba por las calles de  aldeas, pueblos y ciudades haciendo el bien, el que ayudaba, el que enseñaba, el que reía, el que lloraba, el que curaba y perdonaba, el que realizaba signos y prodigios, haciendo presente el Reino de Dios y que fue clavado en una cruz y sepultado, ha resucitado. Todo el mensaje apostólico giró en torno a esta gran noticia; hoy la Iglesia también centra  su misión  en Cristo resucitado.  A partir de esta verdad incuestionable, se realiza la evangelización, desde hace dos mil años,  hasta nuestros días.

La resurrección de Jesús es el hecho más importante de toda la Historia de la Salvación. Es una cuestión fundante, porque en ella está fundada nuestra fe y fundamental porque sin Resurrección sería absurda, y no tendría razón de ser esta fe. Dicho de otra forma, hoy no tendría ningún sentido que nosotros estuviéramos aquí. Si Cristo no hubiera resucitado, la Iglesia no podría anunciar ninguna Buena Noticia de salvación para nadie. San Pablo lo afirma rotundamente: "Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación ya no tiene sentido. Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos…" (1Co 15, 14; 17; 20). La Resurrección de Jesús es una verdad, a la que de ninguna manera debemos renunciar si nos llamamos cristianos.
En los santos evangelios se describen varios "encuentros" de Jesús Resucitado con sus discípulos:
Jesús se "deja ver", para que salgan de su incredulidad y de su desconcierto.
Este encuentro afecta a la totalidad de sus personas: transforma el miedo en amor por el evangelio; la ignorancia en sabiduría; la debilidad en fortaleza; la tristeza en alegría. (Gal 1,23)
Les descubre los enigmas de la fe: "se les abren los ojos" "ven y creen".
Los distintos encuentros siempre conducen a una llamada a la evangelización "Id y decid", “Id y contad”, “Id y predicad, haciendo discípulos míos, bautizándolos”; este es el encargo de Jesús contenido en los cuatro evangelios, prueba inequívoca de su veracidad. (Mt 28, 18-20; Mc 16,15; Lc. 24,28; Jn. 20,21).
Ellos comprenden que deben vivir diariamente con otro sentido y otra profundidad; el encuentro con el Resucitado es una experiencia larga de vida que transforma a las personas, a ellos y a nosotros. (2Cor 4,10).
También dijo a Tomás: "Tu crees porque has visto. Felices los que creen sin haber visto" (Jn. 20, 29) Estas palabras del Resucitado: "Felices los que creen sin haber visto", nos señalan directamente a nosotros, a los cristianos de hoy que nos seguimos encontrando con Cristo Resucitado. Aunque no lo veamos con los ojos de la cara, los efectos que se producen son exactamente los mismos: somos "felices", porque tenemos la certeza de que creemos en alguien real y no en un fantasma o mago y porque tenemos una esperanza diferente a quienes no creen.

NUESTRA IMAGEN

Allí, sobre el sagrario, donde Cristo vive, se halla la imagen que veneramos de nuestro Cristo Resucitado, fue adquirida por don Salvador García Fernández hacia el año 1958, siendo párroco don Miguel Peinado Martínez, por promesa que tenía hecha sobre la recuperación de la salud de su hija Antonia García García, que se vio afectada por una grave enfermedad cardiaca y hubo de ser intervenida en Madrid. La adquirió, allí precisamente, en Madrid, en la misma casa taller de imaginería religiosa, de la calle de la Cruz, donde apenas unos años antes se había adquirido, por parte de un grupo de jóvenes de la parroquia, guiados por D. Francisco Álvarez Martínez, cura párroco en aquel entonces, la bella imagen de “El Amarrado a la columna” o “Cristo de la Humildad” como los jabalquinteños y jabalquinteñas le denominamos  desde hace ya algún tiempo.
Llegó transportado hasta el pueblo, vía ferrocarril, oculto en un gran cajón de madera que hasta hace muy poco tiempo ha permanecido guardado en la casa, ahora, de mi querido amigo Manuel Jiménez García, nieto de Don Salvador; él mismo, me contó con entusiasmo y nostalgia como los trabajadores de su abuelo con un par de mulas que tiraban de un carro, lo transportaron desde la estación hasta el pueblo.  Nada más llegar  fue presentado en la parroquia para la donación, donde tras su bendición quedó expuesto a la feligresía para su devoción y culto. Aún creo ver cada Domingo de Resurrección a D. Salvador García, ya anciano, sentado entre las puertas de su casa, abiertas de par en par, al paso del Resucitado, agradecido, como queriendo invitarle a pasar y llenar su hogar y el de su familia de VIDA. Desde entonces hasta hoy, Cristo Resucitado, sigue deteniéndose, agradecido, a la puerta de la que fuera su casa.
La imagen realizada en pasta de madera y escayola, representa a Cristo que ha vencido a la muerte tras padecer y morir crucificado. En su mano derecha, prendido a la cruz,  se halla el estandarte con el anagrama de Cristo, apuntando hacia el cielo, victorioso. Sus ojos ahora como en la Cruz miran a lo más alto, hacia el Padre, queriendo indicar a la humanidad entera que lo que más importa no está aquí en la tierra, en lo mundano, sino en la eternidad. Sus manos y sus pies muestran aún las huellas del dolor causado por los clavos que le atravesaron, que hirieron de muerte su humanidad, su ser de hombre. Ya, vencida la muerte, descendido de la cruz ante el dolor de la Madre, María, y el discípulo que más amaba, ascendería, glorioso, cubierto parcialmente con el sudario que le cubrió en el sepulcro, según la costumbre judía.
Con anterioridad a la actual imagen los jabalquinteños y jabalquinteñas de entonces pudieron venerar otra de la que por suerte tenemos algún testimonio fotográfico y que fue destruida en la guerra civil de 1936. Disponemos también, de documentación histórica que atestigua  su existencia y veneración en nuestra parroquia y nuestro pueblo. El citado dato histórico que lo confirma aparece en la nota marginal 114 de la publicación “Historia y señorío de la villa de Jabalquinto” de Pedro A. Porras Arboledas basada en la “Memoria histórica sobre Jabalquinto, reino de Jaén” que manuscribió el benemérito de la patria, Mateo Francisco de Rivas y Soriano y que podemos leer de tal manera: “En 1777 pleitean las cofradías de la Veracruz y la de Jesús Nazareno por sacar la procesión del Resucitado”. Igualmente en el apéndice documental número 422 de esta citada obra se puede leer que “el día 23 de marzo de 1777 se celebra concordia entre las cofradías de la Veracruz y Nuestro Padre Jesús Nazareno en relación con el derecho a sacar la procesión del Resucitado, sobre lo cual habían mantenido diferencias en los últimos años”.
Según he podido contrastar con un amigo de la familia, D. Juan Carlos García Serrano, sacerdote diocesano, experto en derecho canónico, estas concordias, para bien o para mal, terminaban siempre de la misma manera, dando la razón a ambas partes. No es casual, por tanto que por la herencia recibida de aquel entonces, actualmente, sean las propias cofradías, hermandades o grupos parroquiales de nuestra parroquia las que se encarguen de organizar su fiesta y procesionar la imagen por las calles de nuestro pueblo, si bien hace varias décadas, como demuestran las fotografías que en la presentación inicial hemos visto, y que se encuentran expuestas en la Casa de Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno,  lo hiciera esta misma cofradía.
EL CARTEL GANADOR
José Eleuterio González Soriano, artista local, hijo de Eleuterio González y Lucía Soriano, nace en Jabalquinto el 21 de noviembre de 1971.
Terminada su E.G.B. cursa estudios de formación profesional de segundo grado en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Jaén en la especialidad de Delineación Artística.
Su deseo de permanente formación le lleva a realizar numerosos cursos relacionados  con el diseño gráfico y las artes.
Obtiene titulación de Técnico en sistemas microinformáticos en la ciudad de Málaga en el año 2010, ciudad en la que reside ocasionalmente.
Desde su niñez, se sintió atraído por las artes plásticas comenzando a pintar de forma autodidacta sobre cualquier tipo de superficie. Recuerdo haber visto, en mi juventud, alguna de sus pinturas realizadas sobre  las paredes de este mismo edificio, que antes fuera su hogar.

Pepe, como cariñosamente le llamamos sus conocidos y amigos, es un artista polifacético, con un gran dominio y uso de las técnicas y formas del arte de la pintura. Cualquier motivo de escenas cotidianas es digno, para él, de ser plasmado en un lienzo: Un tren a su paso por una estación, unos bañistas en la playa, un árabe tomando el té, el patio de su propia casa o la plaza del pueblo, cuadro, por cierto, del que me enamoré nada más verlo y que con su permiso, como no podía ser de otra manera, me atreví a imitar.
Domina a la perfección, el retrato, dotándolo de un realismo inusual.
Ha expuesto sus trabajos en varios espacios públicos de la vecina ciudad de Linares, en 1997 y 1998 y en otras galerías.
Con el paso del tiempo y la llegada de las nuevas tecnologías se sintió atraído por el arte digital que desarrolla del mismo modo, autodidacta.
En la actualidad, aplicando las nuevas tecnologías a su excelsa creatividad e imaginación, compone auténticas obras de arte mezclando elementos de la vida mundana con personas anónimas, dotándolas de un colorido y equilibrio de formas que logran introducirnos en otra realidad.
Su arte digital, que practica casi a diario, es utilizado por el artista como medio de expresión; como él mismo dice: “Me divierte y me hace feliz”.
Sus obras, presentadas ocasionalmente a diversos concursos: Carteles de ferias famosas (Málaga, San Agustín, etc.), carteles de publicidad y de Semana Santa, principalmente, han obtenido siempre una excelente crítica por su diseño vanguardista, sin abandono de lo clásico, y por su originalidad.
En esta ocasión, ha sido su obra, la elegida, de entre todas las obras presentadas y que sin duda, también habrían sido merecedoras de esta honrosa distinción.
Nos presenta a Cristo Resucitado que emerge y asciende victorioso y glorioso desde la tierra, hoy Jabalquinto, ayer Jerusalén, hacia el Padre.
La promesa de Dios en su plan de salvación ha sido cumplida en Cristo Jesús, su Hijo.
El cielo se desgarra contemplando su ascenso y se ilumina con la luz de la Resurrección, luz que ha de guiar a la humanidad entera en su largo peregrinar hasta el día definitivo del encuentro con Él.
El Resucitado, muestra tomada por su mano derecha, la cruz, símbolo de la muerte que ha sido vencida con la Resurrección; de ella pende el Crismón o representación del cristograma. Bordadas en letras de oro la “Chi” y la “Rho” primeras letras griegas del nombre de Cristo.
Él en su ascensión, clavada su mirada en lo más alto, nos manifiesta la esperanza que hemos de tener de que un día resucitaremos también.
“A quién buscáis, a Jesús el Nazareno, no está aquí, ha resucitado como había dicho” (Mt.28, 6).
¡Abramos las puertas al que resucitó y vive entre nosotros!
¡Abramos el corazón a la VIDA!

Ya para terminar y a la luz de esta esperanza sólo me queda desearos una feliz Semana Santa y una gozosa Pascua de Resurrección.
Gracias por vuestra acogida, por vuestro cariño y por vuestra paciencia.
Buenas noches. 

miércoles, 11 de abril de 2012

TODO UN SANTO (I)

                                               
                               D. José Marcilla Hernández

Antonio García Sanz

Esta historia sólo pretende perpetuar la memoria de un gran sacerdote, de un gran hombre que algunos tuvieron la dicha de conocer y disfrutar. Otros, a través de ellos, hemos descubierto su valía, en una sociedad deprimida y en un momento histórico difícil para todos.
Los nombres de los personajes, si la hubiere, sería pura coincidencia con los de la realidad. Algunas mutaciones en los hechos narrados sólo pretenden dotar al texto de sentido literario. Lo que importa lo descubrirá el corazón del lector.
Se vivía el final de la cuarta década del siglo XX. El hambre, ineludible compañera de la mayoría de los pueblos de entonces se acomodaba también en el nuestro. El aire cálido de aquella mañana de verano se apresuraba a calentar las piedras de las calles del pueblo. Las mujeres barrían las puertas y de cuando en cuando hacían un descanso para murmurar en corro. Faltaba década y media para que Don Jacinto trajera parte del plan de desarrollo después de duras negociaciones con el gobernador, en la mesa del rincón, del ya desaparecido “Ideal bar” de la capital del Santo Reino.
Don Fernando había anunciado en la misa del domingo la inminente llegada del nuevo párroco que hasta entonces ejercía de coadjutor en la parroquia de la Encarnación de Arjonilla, donde al parecer había dado muestras de su preferencia por las clases más desfavorecidas.

- Dicen que es joven y que viene a vivir solo.

- Pues habrá que arreglarle la casa.

- Anda que como no sepa guisar .

- ¿Qué vamos a hacer?.

- Ya nos la arreglaremos como sea.

- No lo vamos a dejar que se muera de hambre.

Era José hijo de una familia acomodada, que habían educado a sus hijos en el amor a Dios y al prójimo. Fue su padre, D. Manuel y su madre Dª Sagrario; el uno de Navarra y la otra de Burgos. Nació el 28 de noviembre de 1913 en Madrid. Habiendo conseguido, D. Manuel, cátedra de escuelas industriales, fue trasladado a Linares donde ocupó plaza en la Escuela de Peritos de la vecina ciudad. De niño jugaba con sus hermanos: Manuel, Julia y Purificación y con los demás niños de la vecindad, distinguiéndose por su bondad y gran corazón. Cuando ejecutaba una travesura, acogía el castigo de sus progenitores con alegría, con lo cual, la situación volvía pronto a la más absoluta normalidad.
Estudió bachiller en Linares, obteniendo brillantes calificaciones, e hizo carrera de peritaje en Madrid, cursando posteriormente estudios superiores de arquitectura. Consiguió algún dinero pero no era feliz. Realizó el servicio militar en “Transmisiones” (Madrid). Allí fue donde escuchó la llamada de Dios, ingresando en el seminario de Comillas en 1935.Tenía entonces 22 años.
Durante la Guerra Civil Española el seminario permaneció cerrado, retomando la carrera eclesiástica una vez terminada la contienda nacional, en 1939.
Fue ordenado presbítero el día 23 de julio de 1947 a la edad de 34 años. Celebró su primera eucaristía en la parroquia de San Francisco de Linares, el diecisiete de agosto del mismo año; diez días antes de la mortal cogida del diestro Manuel Rodríguez Sánchez ,“Manolete”, en el coso de Santa Margarita de dicha ciudad.
En Arjonilla dormía en el “Hotel Palace”, como él mismo denominaba al camarote de encima del batipterio.
Una familia de aquel pueblo le regaló una almohada donde pudiera reclinar la cabeza mientras dormía en pleno suelo y él la puso bajo la cabeza de un “Cristo Yacente”.
Alguien le preguntó por ella y si pensarlo demasiado contestó:

- Con tanta comodidad no podía pegar ojo.

Era fácil encontrarlo con los niños, con los pobres y con los enfermos. Con los primeros jugaba a menudo remangándose la sotana cuando era menester, y con los otros compartía tiempo y mantel. Por las noches oraba largas horas ante el sagrario.

- Viene un camión lleno de gente.

- ¿ Y a dónde irán?

- ¡ Os traemos un santo! Gritaban a coro en lontananza.

- ¡Viva D. José!. Decían unos.

- ¡Viva!. Respondían los otros.

El Camión Bedford, aparcó en la plaza del pueblo quedando al instante rodeado por decenas de vecinos. D. José acababa de llegar a su nuevo destino. Arjonilleros y Jabalquinteños, enarbolando la misma bandera, procesionaron hasta el templo, arropando a D. José, que saludaba con manos y cabeza a cuantos a su paso se asomaban a la puerta de su casa. Recibidos por D. Fernando, su predecesor, caminaron sigilosamente hacia el sagrario donde se postraron y rezaron un buen rato. Era el día 3 de julio de 1949. Sin saberlo, sólo tendría cuatro años para depositar su semilla apostólica en Jabalquinto.
Apenas llegado a su destino, caminaba un día por la “Calle Llana”, entonces “Calvo Sotelo”, escoltado por un par de feligreses. Había iniciado una obra en la parroquia y no tenía más dinero que el del “cepillo” del domingo anterior. Se acercó un hombre elegantemente vestido y metiendo la mano en el bolsillo interior de su gabardina sacó un sobre de color caña.

- ¿Es usted D. José?.

- Para servirle, señor.

- Tenga, un donativo para la obra.

- Que Dios se lo pague buen hombre.

Aligerando el paso torcieron la calle y llegando a la casa del albañil pagó lo que se debía hasta entonces.

- ¿Sabéis una cosa?, dijo al dar la espalda a la puerta.

- ¿Qué D. José?, preguntaron los acompañantes.

- Pues, que Dios tiene más dinero que un torero.

Los tres, entre carcajadas, se perdieron por los pedregosos callejones.

Una tarde desapacible de aquel enero del cincuenta, al llegar los monaguillos a la sacristía notaron en D. José un extraño semblante. El más atrevido, sin mediar saludo, le preguntó:

- ¿Qué le pasa D. José?. Tiene usted mala cara.

- Nada de importancia, juanillo, que tengo un agujero en el estómago.

- Vaya usted al médico a que lo ponga bueno.

Notando la preocupación de sus pupilos dijo elevando el tono:

- ¡Que no hombre, que me mata!.

- Subid a la camareta y bajadme una cajeta alargada que hay sobre el cajón.

Subieron ambos y bajaron la caja del Abate Hamón nº 18 que contenía unas hierbas medicinales que tomaba habitualmente para el dolor de estómago.

Preparó en el infiernillo eléctrico, fiel compañero suyo, aquella medicina. Nada más hervir, la vertió en un vaso de cristal no del todo transparente.

- ¿Queréis probar?

Los chiquillos se miraban uno a otro sin abrir el pico.

- ¿Que si queréis probar alguno?, repitío Don José.

- Bueno. Se atrevió juanillo a decir, después de haberlo pensado un rato.

Tomando el recipiente entre las tiernas manecillas, lo acercó hasta su boca.

No hubo tocado aún aquel líquido opaco la campanilla del pequeñuelo, cuando inició su camino de retorno hacia la pared de la sacristía.

- Pero, ¿qué pasa Juan?.

- ¡Que esto está más amargo que las tueras!.

D. José carcajeando le dijo:

- ¡Anda hombre, dame, dame!.

Bebió sin parpadear y relamiéndose los labios dijo:

- ¡Hay que cosas tan ricas nos regala Dios!.

Ambos pillines se miraron sin articular palabra.

Aquel invierno fue intenso, los campos recibieron abundantemente el beneficio de la lluvia.
Uno de aquellos días viajó D. José hasta la vecina localidad de Linares, a visitar a su familia, entre otras cosas. Tenía para este tipo de desplazamientos una vespa de quinta mano, que él mismo, virtuosamente reparaba. Aparcó aquel artilugio en la “Plaza del Ayuntamiento” y con sus zapatos desgastados de tanto caminar por su particular mundo de Dios atravesaba sin titubeos “La Corredera”, cuando una mujer asidua a la parroquia que se encontraba por allí de compras se dirigió a él:

- ¡Buenos días Don José!.

- ¡Buenos nos los de Dios, María!.

- ¿Dónde va usted con esos zapatos rotos, hombre de Dios?.

- Nunca llevo rumbo fijo; donde quiera Dios.

- ¡Vamos, vamos, pase para adentro!.

Después de mucho insistir, aquella buena mujer consiguió que le acompañara al interior de la zapatería.
Poco tardó en encontrar algo de su agrado y menos aún en recuperar la calle, recién calzado, no sin antes agradecer a la feligresa su generosidad y al dependiente su amabilidad.
Apenas había dado tres pasos cuando se dio de bruces con un hombre del pueblo que buscaba la espartería. Llevaba las alpargatas empapadas de agua y un tanto ennegrecidas del uso.

- ¿Dónde caminas, Alfonso?.

- A comprar un cabo de soga “pa” la jáquima.

- ¿Y usted, Don José?.

- Yo. Aquí luchando con estos zapatos que me están matando. Si te estuvieran bien me harías un favor bien grande.

No había terminado de hablar aquel pobre hombre, cuando ya se había descalzado, Don José.

- ¡Venga pruébatelos!.

- ¡Son los míos, Don José, son los míos¡.

- ¡No se hable más!.

Se apresuró a plantarse las ajenas alpargatas y en cuanto las tuvo puestas exclamo:

- ¡Ahora si que me he “quedao” a gusto!. ¡Qué descanso más grande!.

Zacarías, el comerciante, que había vivido la escena, desde detrás de los cristales, no dudó en tomar un nuevo par, atravesar la puerta y ponerlo en las manos de Don José.
Aquel crudo invierno fue remitiendo; atrás quedaron los desapacibles días, que poco a poco fueron dando paso a una luminosa y colorida primavera.
Todas las tardes, la chiquillería, se concentraba en las inmediaciones de la iglesia jugando los unos al fútbol y las otras a la rayuela. Don José siempre encontraba un momento para compartir con ellos. Peloteaba con la sotana arremangada y dibujaba bonitas figuras de ”rayuela” con el primer yesón que cayera en su mano.

- Os prometo que cuando llegue el verano haremos una excursión al campo.

- ¿De verdad, Don José?, ¿De verdad?

- ¿Acaso creéis que yo puedo mentir?

- ¡0jalá que mañana fuera verano!, dijo Antoñito, entusiasmado.

Mientras los días se alargaban, las noches se acortaban y al atardecer, el aire se llenaba de trinos de gorrión buscando su cobijo en el viejo eucalipto de la Plaza.

- ¿Sabéis que día es mañana?

- Sábado, dijeron algunos.

- ¿Queréis que vayamos al campo?

- ¡Sí!, contestaron a coro.

- Pues, a las diez de la mañana, Dios mediante, nos vemos aquí.

Desde bien temprano se oían las tiernas vocecillas de los zagales que merodeaban por los alrededores del templo.
Llegó D. José, pasaron dentro, rezaron un padrenuestro y un avemaría y pidieron a Dios que fuera con ellos.
Bajaron la calle de Nuestro Padre Jesús, y tomando el camino de la estación llegaron hasta los arroyos a cobijarse de los rayos del sol bajo el verde y frondoso manto de una gigantesca higuera. El cura y los chiquillos, degustando previamente los exquisitos frutos, continuaron sin demora su camino. Durante el trayecto contaba historias sagradas a los inquietos excursionistas que escuchaban entusiasmados su relato.
Entre actividades culturales, religiosas y lúdicas, al aire libre, apeonaban por el camino de los almendros rumbo al pueblo.
Mientras Juan Antonio, resoplaba sin parar, al ver de lejos el estrepitoso serpenteo de la cuesta, don José creyó escuchar a lo lejos la llamada de alguien. Pronto descubriría que se trataba de un hombre que arreglaba las matas cerca de “la encrucijada de los caminos” y que había divisado al grupo entre los olivos.

- ¡Pase usted don José y verá que sandías más hermosas estoy criando!.

- ¿Con todos estos?.

- ¡Pues claro, hombre!.

Don José pidiendo prudencia y recato a sus discípulos, hizo pasar a todos colocándolos alrededor de la choza, donde sentada cerca de una mesa de raro diseño, troceaba un par de tomates, la mujer del dueño del melonar.
Los pequeñuelos no apartaban la mirada de Don José que caminaba entre aquellas largas hiladas verdes, escuchando atentamente las entusiastas explicaciones de aquel especialista en forraje.
Todos juntos, engulleron los manjares con que fueron obsequiados, reiniciando el camino que les llevaría definitivamente a la cima.
Entre cánticos y vítores llegaron al pueblo por el camino del tejar.

Ya hemos venido
Un poco cansados
Y con don José
Que bien lo hemos pasado.
Mucho hemos reído
Mucho hemos jugado
Y a Jabalquinto
Por fin hemos llegado.

Entraron en el templo, dieron gracias a Dios por haberle regalado este día inolvidable y el grupo se disolvió como la espuma hasta una nueva ocasión.
No cesaba Don José en su intensa labor pastoral. Aún siendo hombre más de hechos que de palabras, la parroquia se llenaba de fieles en cada celebración. A algunos les incomodaba sus sermones, a otros, sin embargo les servían para crecer como personas y formarse como cristianos.
Muestra de su celo apostólico fueron “las misiones”, organizadas en el año 1951. Pensó que no vendría mal la buena disposición de los padres misioneros para curar espiritualmente a aquella sociedad de la posguerra que deambulaba entre la tristeza, la pobreza y el hambre.
Los padres Sarabia, Carrascosa, Labastida, Sebastián y Lucas, llegaron al pueblo respondiendo a la llamada del párroco que junto a un nutrido grupo de fieles salieron a recibirlos, el día de su llegada. Misas, charlas, retiros, rosarios, ejercicios, exposiciones, procesiones, etc, motivaban e iluminaban a la comunidad en este camino de espinas que la historia había dispuesto. Jabalquinteños y jabalquinteñas agradecían a todos su labor con cánticos como los que transcribo a continuación:

Que viva la palma
Que viva el romero
Que viva Don José
Y los misioneros.
Si los misioneros
No hubieran venido
Jabalquinto entero
Se hubiera perdido.

A los pocos días de aquel evento religioso, recibió Don José la noticia de que un hombre se encontraba enfermo. Llevaba un tiempo sin poder trabajar y la familia no levantaba cabeza. Por la tarde al acabar la misa bajó hasta la cueva donde vivían.

- ¿Quién anda por aquí?.

- Pues ya ve usted, Don José.

- Me he enterado que estabas pachucho y he dicho: ¡voy a ver a Manuel!.

- Se lo agradezco mucho.

- ¿Necesitas algo que yo pueda hacer?

- Necesitar, necesitar, pues trabajar “pa” criar a los chiquillos, pero ahora…

- Bueno hombre, no te preocupes que no hay mal que cien años dure.

En estas estaban los dos mientras los chiquillos correteaban en la puerta de la cueva.

- ¡Nenes pasad “pa” adentro que ya es de noche y os vais a caer por el terraplen!, dijo la madre a sus hijos.

- ¡Ya vamos mama!.

Cuando entraron, Don José bromeó con ellos sacándole a cada uno dos reales de la oreja.

La cueva iba quedando en penumbra y María, presurosa, encendió el candil que descansaba sobre el desván de la vetusta chimenea.
Al tiempo de despedirse de la familia, Don José sacó un cigarro, ya liado, de su petaca y se lo dio a Manuel.

- Ya sabes que no debes fumar con esa tos que tienes, pero te doy este cigarro si me prometes que lo encenderás por la mañana.

- Como usted mande.

- Buenas noches tengáis, que Dios os bendiga.

- Buenas noches, Don José.

No habría llegado todavía Don José a la vereda que llevaba hasta la calle, cuando Manuel, observando una y otra vez aquel extraño cigarro que había dejado la inesperada visita sobre la mesa, descubrió en su interior, muy bien acomodado, un billete de veinticinco pesetas. Con sumo cuidado lo extrajo del estrecho habitáculo, lo estiró y con visibles muestras de emoción lo dio a su esposa para que lo administrara.
Era también Don José, párroco de Torrubia y sobre aquel artilugio mecánico sobre ruedas, que ya conoce el lector, se desplazaba semanalmente a celebrar la Eucaristía con aquellas buenas gentes.
Cuentan los más mayores la siguiente historia:
Era Domingo, y Don José llegó para celebrar la Santa misa como de costumbre. Al terminar recibió, en la sacristía, la visita de Don Dionisio.

- ¡Buenas tarde, Don José!.

- ¡Muy buenas tardes nos de Dios, Don Dionisio!.

- Vengo a pedirle un favor.

- Usted dirá.

- Me gustaría que bendijera usted, si a bien lo tiene, la nueva granja que hemos construido.

- Eso está hecho en un "santiamén".

Se desplazaron hasta el lugar, seguidos por la muchedumbre. Al llegar al sitio, después de santiguarse, tomó el hisopo que llevaba el monaguillo y bendijo todos y cada uno de los rincones de aquel recinto. Pronunció una breve oración que terminó con el amén de la concurrencia.
Antes de despedirse se acercó Don Dionisio y le preguntó.

- ¿Qué le parece a usted el aposento que le hemos preparado al ganado?

- El aposento está muy bien, Don Dionisio.

- Ya sabía yo que a usted le gustaría.

- Si, si, pero lo que no me gusta tanto es que los animales vivan como debieran vivir las personas y las personas como debieran vivir los animales.

Aquella diáfana y atrevida opinión no gustó demasiado al propietario. Los asistentes, algo alejados, comentaban el rifirrafe. El séquito se despidió pero no todo volvió a ser como antes.
Este hombre tan singular, continuaría aunque no por mucho tiempo, rigiendo los destinos de la Encarnación de Jabalquinto. Dejamos para otra ocasión otras muestras de su labor que aún son recordadas por quienes con él las vivieron.